de remplón

El chiringuito de Silvia Abril

El derrape de la actriz Silvia Abril en la entrega de los Goya de este año ha sido de órdago. Se vino arriba toda ella, por el ambiente eufórico y el glamour de la alfombra roja, supongo. Le dio un ataque de dogmatismo al olvidarse del artículo 16 de la Constitución Española, que garantiza la libertad de credo y de culto, etc. ¡Menudo chiringuito tenéis montado!, dijo. El rollo del chiringuito es de uso habitual en la jerga del enterado contemporáneo. Porque, ni siquiera los ateos militantes, se pronuncian así sobre un chiringuito que lleva abierto, día y noche, más de 2000 años. Un negocio puesto en marcha solo con doce apóstoles, todos ellos con sus defectos y virtudes, pobres, sin gran notoriedad social y con un marketing imbatible. Son los preferidos del fundante del club, él los prefiere humildes, detesta la soberbia, aunque acoge a todos y a todas en su corazón.

Y recomienda, qué locura, orar por quienes practican la cristianofobia, por los enemigos que se van de la lengua o practican la intransigencia con el cristianismo, o hacia cualquier creencia que respete la dignidad humana. Él es así. Es el Cristo, del que dan cuenta cronistas como Flavio Josefo, entre otros testimonios no cristianos, cuando se refieren al Jesús histórico. Y cómo será la cosa que al que montó el negocio, el chiringuito, lo crucificaron extramuros, le desfiguraron la cara, lo insultaron y le atravesaron el costado con una lanza, por ver si estaba vivo o muerto. Y pronunció desde el madero la frase en arameo Eloí, Eloí, lemá sabactani, además de pedir al padre, que nadie ha visto, que perdonara a sus verdugos. Se da la circunstancia que este muerto, que es Jesús, solo estuvo tres días en el sepulcro, según los microrrelatos en forma de evangelios que dan cuenta de tal suceso.

Magdalena fue como un tiro a contárselo al vecindario. Todo esto seguro que lo saben Silvia Abril y su marido, Andreu Buenafuente, porque me consta que lo leyeron en el catecismo en esa edad donde la inocencia lee sin prejuicios. Y, como contrapartida, en el mismo acto de los Goya, también estaba el director Óliver Laxe, que se identificó con la niña de la película Los domingos, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, porque dijo haber experimentado ese amor trascendente que te transforma la vida, que calma la sed para siempre. Al instante, me acordé de la conversión súbita, del libro de André Frossard, encabezado con una frase que también hago mía: Dios existe, yo me lo encontré.

TE PUEDE INTERESAR