el chasnero

Goteras

En mis años mozos, ya remotos sin discusión, y desde la perspectiva de la salud, yo vivía muy despreocupadamente. No sufrí, a Dios gracias, dolencias especialmente graves.
Recuerdo, muy vagamente, una cirugía que me practicaron para extirparme el prepucio, el cual -según el especialista- se retraía, atrapaba al glande y producía fimosis, en cuyo caso habría podido padecer infecciones urinarias.

Ya más talludito, sentí frecuentes dolores digestivos que el médico me alivió con una receta muy simple, “evitar el consumo ordinario de Clipper de fresa y churros”, un plato combinado que era tradicional en uno de mis pueblos de Abona, Granadilla, que consumíamos a la salida del Instituto y a modo de picoteo.

Superada la adolescencia, en la que el “queso” me salía por las orejas -como a muchos de mis coetáneos-, recuerdo que dediqué gran devoción al consumo de todo tipo de mojos, fundamentalmente al rojo suave y al picón, pero también a los verdes. Le echaba mojo a todo, a las papas arrugadas y a la carne cochino obviamente, pero también al potaje, a las garbanzas, a las paellas, y, sin mosca, al frangollo y al bombón gigante. Transitaba entonces, casi a diario, entre la gastroenteritis y el estreñimiento. Cuando descubrí el Omeprazol, ya podía meterme un barril de ali-oli sin consecuencias reseñables.
Pasados los veinte años, y puesto que era un hombre muy tímido, usé el cubata como desinhibidor. A resultas, pasaba de mudo a jablantín a una velocidad orbital. Un día después, cuando abusaba del consumo, sentía dolores de cabeza, náuseas, cansancio extremo y sensibilidad a la luz y al ruido. Fui a un médico y me diagnosticó una patología común denominada “resaca”, y a modo de remedio, me pidió que me jincara una copa en lugar de quince.
Yo caminaba y respiraba tranquilamente, y entonces, vivía mejor sin médicos, preferentemente sin odontólogos, a los que cogí antipurria desde niño, cuando mis padres me traían a Santa Cruz y me hacían pasar por una consulta en la que el sacamuelas usaba un kit de herramientas muy propio de la época: un martillo, unos alicates, una llave inglesa y un pequeño taladro. Bien es verdad, y debo reconocer, que los “dientistas” del régimen anterior no usaban la aguja, y por tanto no nos pinchaban, sencillamente porque aún no se había inventado la anestesia. Tras la masacre, la verdad sea dicha, nos pasaban una lija ultrafina (500-2000) y quedábamos como nuevos.
Ahora, tras la jubilación, quedan ratos libres para visitar al médico, el mío, Aitor, dicho sea de paso, un tío cojonudo, y, entonces, con su estimable ayuda, empecé a descubrir en mi cuerpo una inverosímil sucesión de goteras. De repente sentí que ya no meaba aquel tremendo chorro juvenil sino un débil flujo, por lo que -afectado de la próstata- debí visitar a un urólogo; el cual, a modo de saludo y sin venir a cuento, me metió un dedo en el culo, ocurrencia por la que estuve a punto de enamorarme. De manera inmediata, tengo que operarme de cataratas, primero del ojo derecho y luego del izquierdo: el que tenía en el culo, por la gracia del urólogo, supongo, quedó tuerto. En la tele, cuando contemplaba la Liga, confundía a Vinicius con Valverde y se encendieron todas las alarmas. Por otras partes, tengo afectadas las cuerdas vocales; una eventualidad de urgente solución, porque el SCS me dio hora para el 19 de Marzo de… ¡2027! Ayer debí ser recibido por el neumólogo, en cuanto mi doña se ha empeñado en alegar que ronco -mentira cochina-, pero el especialista hizo huelga. Por penúltimo, y por si éramos pocos, resulta que también se me ha diagnosticado una diabetes tipo 2, por lo que ya sólo podré comer chocolate negro: una pequeña onza diaria, me dijeron, que se pueden meter por allí.
Sólo me falta quedarme preñado. Y tan feliz y despreocupado, me pregunto, ¿quién coño me habrá mandado a mí a ir -aunque Aitor es muy buena gente y gran profesional- al médico?

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