La imagen del voltaje en estas páginas de un gallo guarecido bajo un banco de piedra en La Laguna, y la turista en la portada de DIARIO DE AVISOS sobre el techo de una guagua sumergida en una charca profunda, durante la borrasca, nos sacaron de la guerra de Irán. Eran escenas retrospectivas de la riada de 2002. Irán recuerda a Irak 2003.
Estamos a las puertas del infierno, dice Trump, blandiendo la amenaza de desplegar miles de marines y paracaidistas sobre el terreno. Se cumple un mes de un conflicto que se mece entre el matiz de ser una guerra de impacto global o una guerra mundial, ahora que los hutíes de Yemen, aliados de Irán, se incorporan al frente, con la baza de poder cerrar el mar Rojo, además del estrecho de Ormuz. Un 12% más de hidrocarburos en la cuneta. A Trump le debemos esta catástrofe.
La estanflación (bajo crecimiento e inflación alta) enseña ya las orejas. Si Trump cruza el Rubicón, asalta alguna isla en las próximas horas, perpetuando la guerra y haciendo sonar todas las alarmas, no solo se expone al retorno impopular de los féretros como en Vietnam, ni a la derrota electoral en noviembre, sino a acabar entre rejas.
Pero no se nos olvidan las secuencias locales de nuestras tormentas. Así que el gallo tiene su historia, es un gallo correlón de espuelas amoladas que anda suelto en la Plaza del Adelantado, y la mujer que salió por la claraboya hasta la cubierta de la guagua no pedía ayuda en Teherán, sino bajo el puente del Pulpo de las Cabezas, en el Puerto de la Cruz. Aquí.
Lejos seguían su curso las bombas, el pandemónium nuestro de cada día, habituados a vivir en un parte de guerras diario, con dos a la vez: Ucrania e Irán. La tercera me la reservo, se habla de ella con ligereza, como si fuera un estribillo: 1914, 1939 y 2026.
La información bélica más sensible señala que en los treinta días de ataques han muerto o han sido heridos, según Unicef, cuatro niños cada hora. Hay miedo en las fotos de la población infantil.
No sé si el viejo está loco de remate, enfermo solo de ego o de algo peor. Lo tachan de psicópata y le suponen una demencia frontotemporal, además de dar señales de narcisismo maligno. Me pregunto si la megalomanía tiene treguas y alguien, como esos policías que salvan a los suicidas, podría convencerle de desistir. Le escuché decir a Jeffrey Sachs, un economista respetado en la ONU, que ha llegado el momento de que China, Rusia y la India, juntas, le hagan la llamada pertinente para que pare la guerra. Marco Rubio sitúa el final en “unas pocas semanas”, quién sabe. El 6 de abril se cumple el último plazo del ultimátum de todo o nada.
Los días no son todos iguales, grises y luctuosos. Estamos en primavera, ha habido días soleados en medio del aguacero en los que apetecía sonreír, como en esos Carnavales lluviosos. Venimos de los terremotos del Teide, pero nada comparable con esa pobre gente que vive entre las sirenas antiaéreas y las carreras hacia el búnker.
El canario es bastante apacible. Pedri, el mediocampista de Tegueste, dice que “en Canarias siempre verás gente que ama la vida”. Este futbolista ha dicho una verdad como un templo.
En el batiscafo en el que estamos metidos solo se ve la escoria humana allá abajo, la incivilización. Necesitamos salir a flote. Y afuera noto un cierto hartazgo de trumpismo, como si ese globo se estuviera desinflando. Trump no ha hecho otra cosa que perder elecciones de distritos en los últimos meses y de caer en las encuestas. Como quiera que se ha establecido una curiosa rivalidad entre él y Sánchez, la guerra parece haber reactivado al presidente español, que, tras la marcha de la ministra-candidata Montero, camino de las urnas, emprende lo que ya es en España una innegable campaña electoral. En los sondeos, gana con diferencia el no a la guerra, y Sánchez – al que Argelia premia con más gas- comienza a remontar. Es la ola inversa a la de Trump. La prensa internacional habla de los dos, tras el veto de las bases, como si Sánchez fuera la némesis del yanqui. Y a Feijóo eso lo saca de quicio.
Está en marcha, como digo, un proceso de destrumpización (ayer, más de 3.000 manifestaciones en EE.UU. contra la deriva autoritaria), que ya arrastra a Meloni, al perder su referéndum estrella, y que augura la derrota en abril de Viktor Orbán, sostén de Vox, trumpista recalcitrante y espía ruso en el Consejo Europeo. Mientras la izquierda gana las alcaldías de París, Marsella y Lyon.
¡Aquellos tiempos en que Steve Bannon, muñidor de Trump, recorría Europa para que se tiñera de ultraderecha, y ahora, en cambio, las bombas de Irán irán tirando toda esa tramoya!

