La inmensidad del universo que atisbamos desde la Tierra cuando miramos al cielo cada noche despejada y libre de contaminación alejados de las ciudades sigue desconcertándonos, despertando nuestra curiosidad y admiración. En casi poco nos diferenciamos de los primeros hombres y mujeres de la prehistoria. Bastante tiempo ha transcurrido desde que los primeros moradores del planeta se toparan con el infinito estrellado y dieran riendas sueltas a su imaginación y, por ende, a su deseo de transcendencia física y espiritual hasta conformar toda una declaración de intenciones desde la interpretación y apego religioso hasta la conformación de un complejo entramado filosófico y científico que les aportara respuestas a sus interrogantes. La humanidad pasó del misticismo más absoluto al empirismo más práctico con la aplicación del método científico, pero sin descuidar el primero, con la aparición en escena de las disciplinas esenciales para el estudio y avances que conocemos hoy como la física (entre otros, como Teoría de la Relatividad de Albert Einstein y sus posibles aplicaciones prácticas en futuras expediciones al universo más lejano, con el uso apropiado de materiales que puedan soportar velocidades cercanas a la de la luz) y las matemáticas; la química y la biología, entre otras. Y todo ello motivado por la curiosidad, por saber qué hay más allá de nosotros mismos y de nuestro entorno más cercano. La realidad ha sobrepasado la ficción de auténticos visionarios como Julio Verne e Isaac Asimov, pero también cabría retrotraerse a los descubrimientos de las antiguas civilizaciones como las babilónicas, egipcia, grecorromana, árabe y azteca en astronomía, para comprender, en parte, los logros y fracasos de la era espacial iniciada a mediados del siglo XX, con la colocación en el espacio del primer satélite ruso Sputnik y el primer viaje tripulado protagonizado por Yuri Gagarin (1934-1968), y con el colofón de las misiones Apolo de Estados Unidos promovidas y realizadas por la NASA, que permitió la llegada del hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969, en la nave Apolo XI, pilotada por los astronautas Armstrong, Collins y Aldryn. Esos logros, por supuesto, fueron también gracias a la rivalidad entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, lo que me anima a pensar que sin competencia no hay progreso. No hay que perder de vista que a esa disputada carrera espacial se han unido otras potencias como Europa, China e India ante las expectativas que se abren desde el punto de vista económico, científico y militar. Hace unos días la NASA vuelve a hacer historia con la misión Artemis II tras realizar el recorrido más largo jamás conseguido hasta ahora por una tripulación humana, 1,1 millones de kilómetros, fotografiar la cara oculta de la Luna, en una operación que duró 10 días desde el lanzamiento de la base Cañaveral el presente 1 de abril, con la mirada puesta en sucesivas misiones con vistas a colonizar la Luna y dar el salto a Marte en el futuro. Los avances tecnológicos que sirven a la realización de este proyecto nada tienen que ver con los incipientes recursos del siglo XX. La curiosidad por los astros lleva a la Humanidad a escalar el cielo, pero también a la búsqueda de alternativas a un planeta que se queda más estrecho e inhabitable, no solo por la superpoblación, ni por la contaminación asociada, sino por las interminables guerras que representan el peor peligro para su supervivencia y que se corre el riesgo de exportarlas al espacio sideral. Volvemos a mirar al cielo con expectación, curiosidad y esperanza tras la culminación de la hazaña de la misión Artemis hacia las cercanías de la Luna, esa dama que nos guiña desde lo alto y que marca nuestros meses. Aunque la pisen, siempre estará rodeada de misterio y encanto. No olvidemos, que la mano de Dios está en todo esto.
*Periodista en la reserva y escritor


