tribuna

Canarias, laboratorio de América

A comienzos del siglo XX, la Universidad de Harvard dirigió un ambicioso proyecto. Querían ofrecer una historia integral de los Estados Unidos desde sus orígenes. La colección titulada The American Nation: A History, se publicó entre 1904 y 1908 por Harper & Brothers. En particular se confió el estudio del período hispánico a un prestigioso profesor, que marcó un punto de inflexión en la historiografía anglosajona por romper con la visión simplista y antiespañola dominante en su tiempo. Esta figura académica que cambiaría esa visión negrolegendaria fue Edward Gaylord Bourne (1860-1908), considerado el fundador del hispanismo académico moderno en los EE.UU. Su obra, España en América, 1450-1580, publicada en 1904, se mantiene como un texto clave para comprender los orígenes de la expansión imperial española en la historia de EE.UU. Prestó especial atención a territorios que, en muchas historias generales, aparecen de forma marginal. Uno de ellos es el archipiélago canario, al que otorga un lugar central en la lógica de expansión atlántica de la monarquía hispánica. En un momento en que Canarias era considerada por los historiadores como mero punto de escala, Bourne enfatizó su importancia estratégica y operativa en el tránsito hacia el Nuevo Mundo. Así lo afirma en su obra: “Las Islas Canarias aparecen en todos los itinerarios que se dirigen hacia las Indias. No eran simplemente una etapa del viaje: allí se proveían las naves, se completaban las dotaciones y se esperaba el momento propicio para hacerse a la mar.” Con esta frase, el historiador estadounidense no sólo reconoce su función logística, sino que subraya que, sin Canarias, el viaje a América no era viable, ni en términos de organización ni de navegación. Pero el papel de las islas no se limitó a facilitar el tránsito. En el plano económico, Bourne destaca la función de Canarias como laboratorio de ensayo agrícola, especialmente con uno de los productos que más definiría la economía atlántica durante siglos: “En las Canarias se experimentó con la caña de azúcar, con los sistemas de cultivo y de molienda, que luego se trasplantarían al Caribe.” Este modelo, basado en el monocultivo, la tecnología del trapiche y, más adelante, la explotación de mano de obra esclava se ensayó por primera vez en el Archipiélago y luego fue replicado masivamente en América. Es decir, la caña cruzó el océano acompañada de un sistema económico y social probado previamente en las islas. Por último, resalta la dimensión institucional y religiosa de esta proyección atlántica iniciada desde Canarias: “La organización eclesiástica y administrativa ensayada en las Canarias sirvió de modelo para los primeros enclaves americanos.” En pocas palabras, Canarias no sólo anticipó la estructura económica de los territorios de ultramar, sino también sus formas de gobierno, administración y control religioso. Las diócesis, los cabildos, las primeras misiones y órdenes religiosas que luego poblarían el continente americano encontraron en las islas su primera configuración. Este triple enfoque -logístico, económico e institucional- que Bourne aplica al papel de Canarias en la historia de América constituye un reconocimiento explícito de la centralidad del Archipiélago en el proyecto territorial hispano. Frente a otras historias que ignoran o minimizan su influencia, España en América, 1450-1580 la coloca en el lugar que le corresponde: la primera pieza del engranaje imperial en el Atlántico.

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