tribuna

CD Tenerife: celebrar un ascenso

En una tierra que pide a gritos alegrías que nos distraigan de la espiral catastrofista que dicta la actualidad, el CD Tenerife se ha convertido este año en un clavo ardiendo al que agarrarnos para marcar distancias respecto a esa dinámica diabólica que cuentan día sí y día también los telediarios.

La campaña, casi inmaculada, que está firmando el club y que le ha colocado a las puertas del ascenso ha devuelto el entusiasmo a la afición, que en menos de un año ha dejado atrás las tinieblas del fiasco de la pasada temporada para adentrarse en un paisaje mucho más luminoso dominado por ese aura tan propia que encienden las etapas de felicidad.

La buena marcha blanquiazul va más allá de lo deportivo. Significa una bocanada de aire fresco en un panorama en el que la mediocridad se extiende por todos los ámbitos y en el que cuesta encontrar un faro que alumbre ilusión y marque el camino del éxito. También supone una generosa dosis de autoestima para una isla y una sociedad que históricamente han dado muestras de ser especialistas en despeñarse por el acantilado a las primeras de cambio cuando vienen mal dadas. La misma velocidad, por cierto, con la que se apunta a la cima cuando surge un mínimo atisbo de esperanza. En esta isla, el blanco y el negro lo separan un abrir y cerrar de ojos.

El Tenerife de Rayco García, Felipe Miñambres, Álvaro Cervera, Aitor Sanz, Enric Gallego y compañía se ha convertido en una referencia positiva, un manual para levantarse y avanzar desde la humildad con el que se identifican miles de seguidores de todas las edades, que ven un grupo que representa los valores del esfuerzo, la constancia y el coraje. No es poca cosa en una sociedad que reclama destellos entre tanta niebla. Esa conexión entre los pilares de la entidad y su masa de seguidores debe cuidarse como un valioso tesoro del club porque es y será su gran palanca para seguir creciendo. Con los pies en el suelo y soñando a lo grande.
Regresar al fútbol profesional a las primeras de cambio bien merece una celebración por todo lo alto. No caben medias tintas. Exteriorizar la alegría tras cruzar la línea de meta no admite debate cuando hay detrás un exigente sacrificio. En el deporte, como en la vida, festejar la conquista de un objetivo por el que se ha competido es una acción-reacción indisoluble. Y más en estos tiempos, insisto, donde hay que buscar noticias positivas debajo de las piedras y de los escombros de tanta guerra. No hacerlo es perder la perspectiva de lo que significa la historia y el escudo de un club centenario que sabe lo que es crecer a base de reveses.

El estadio debe ser una fiesta de aquí a final de temporada y cuando llegue el momento hay que salir a la calle y celebrar que el Tenerife ha sacado en tiempo récord la cabeza del pozo al que cayó la campaña pasada. Y celebrar que su afición ha recuperado la sonrisa y hoy es una piña. Y que el club está cogiendo carrerilla para metas más ambiciosas. Y que la Isla es un poco más feliz porque el Tenerife, nuestro tenerifito, ha vuelto.

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