tribuna

Con la mirada en la Luna y los pies en la tierra

HHemos vuelto a la Luna, por fin, aunque esta vez no pongamos un pie en ella. Y es un viaje que da respuesta a aquella queja de Neil Armstrong en Tenerife, en 2011, cuando se preguntaba, un año antes de morir, por qué no habíamos vuelto al satélite que él había estrenado con su célebre huella. “Sé que la Luna está esperando por nosotros”, afirmó con nostalgia en el Festival Starmus, rodeado de pioneros octogenarios como él, los abuelos del espacio.

Este es un acto que nos honra como civilización, una acción conmovedora tras más de medio siglo de ausencia, que está siendo como un regreso al futuro, y otra vez significa un gran paso para la humanidad, porque volar al espacio, lo más alto, en esta ocasión es, además, salir de lo más bajo, del sótano de la guerra. Nos saca de un atraso bélico medieval respecto a la Guerra Fría -que, hoy, en comparación, resulta envidiable-, cuando Kennedy formuló el deseo de llegar a la Luna antes del final de la década de 1960, aunque él no lo llegara a ver.

En el contexto de la camorra actual, Trump, obcecado con sus muertos y bombardeos, muestra indiferencia por la noble aventura espacial de la misión Artemis II, que, como escribía en estas páginas Enrique E. Domínguez, ha puesto “rumbo a la Luna y destino a la historia”. Es que llevamos una hoja de ruta en la Tierra cavando tumbas y enterrando sueños, que se da de bruces contra todo progreso. Es un momento simbólico y psicológico.

La idea de fundar ciudades humanas en la Luna ya no resulta descabellada. Una buena señal que hoy alienta esa vieja utopía es la dinámica que llevamos aquí abajo. En aquella visita a Tenerife y La Palma, Armstrong pensó en voz alta, desde el Grantecan, en los motivos para mudarnos del planeta: “Existen cientos de razones”, dijo, y entre ellas no olvidó el recurrente holocausto nuclear.

Ahora que se habla asiduamente del tema con terrible naturalidad, hay noticias tan ilustrativas como el cese del general Randy George, el máximo mando del Ejército de Tierra estadounidense, quizá por discrepar en las últimas horas sobre un despliegue de tropas en Irán, ese colosal disparate de un presidente incapaz de admitir su fracaso, mientras le derriban los cazas. Con el planeta ardiendo, los astronautas buscan otros horizontes.

Si Orión supera, como se prevé, este test, querrá decir que un día habrá vida en la Luna. No lo impedirá la indiscreta avería subsanada en el retrete de la nave, el primer inodoro funcional en una misión en el espacio profundo, valga la anécdota. Y así, sean cuales sean las vueltas de la vida en la Tierra, podremos decir que siempre nos quedará la Luna, pensando en la Casa Blanca.

La Luna era un punto que ocultábamos con el dedo hasta que Jesús Hermida nos contó en TVE en directo la llegada insólita del Apolo XI al Mar de la Tranquilidad y toda la humanidad miró en la misma dirección, un flechazo que noveló Antonio Muñoz Molina en El viento de la Luna desde el prisma periférico de un niño de pueblo atónito ante aquel descubrimiento en el cielo. Nosotros éramos tres, mi hermano Martín, Zenaido y yo, en edades escolares, entrando por la puerta de La Tarde ese mismo año del alunizaje, 1969, en que pusimos un pie en el periodismo, con don Víctor Zurita y, acto seguido, con Alfonso García Ramos, nuestros primeros directores. Y ya seguimos de largo en la luna de La Tarde.

Aquellos años 60-70 se aceleró la carrera espacial. Cuando Armstrong, Aldrin y Collins llegaron, pocos meses después de su gesta, a Gran Canaria a reponerse de un viaje de locos a las estrellas, sospecho que, en pleno vuelo, viendo paisajes lunares por estas crestas, pensaron que era una alucinación. El físico gomero Félix Herrera me contó que, en la Estación Espacial de Maspalomas, había auscultado las vibraciones del sol durante la misión Apolo para que no corrieran riesgo sus vidas. Más tarde, la presencia de Armstrong en la isla, ya mayor, nos parecía mentira, porque no dejaban de ser los mismos pasos, los de aquella huella inmortalizada en la faz de la Luna.

De niño, seguía con avidez la trayectoria de Wernher von Braun, el mítico ingeniero aeroespacial nazi, lector de Julio Verne y H. G. Wells, reconvertido en un héroe en EE.UU., que, al final de la Segunda Guerra Mundial, se cambió de chaqueta con toda su familia y pasó de surtir misiles balísticos al Führer a entregarse en brazos de la NASA, donde vieron los cielos abiertos, porque era el hombre que podía vencer a la Unión Soviética en el espacio. Von Braun creó el Saturno V, el cohete más potente, y superó a la URSS -imbatible, con el Sputnik y Gagarin- llevando al ser humano a la Luna.

La otra noche, cuando Trump se disponía a dar el discurso a la nación, tras despegar la misión Artemis II con éxito, pensé que daría buenas noticias: el fin de la guerra y el idilio con la Luna. Pero reaccionó como un bestia, sacó pecho por la odisea espacial y amenazó con llevar a Irán “de vuelta a la Edad de Piedra”. Y entonces bajé a la Tierra.

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