tribuna

El loco

La guerra de Irán ha diagnosticado a Trump como un hombre que se ha vuelto loco. Sus manifestaciones previas al alto el fuego no han hecho sino confirmar las sospechas. El presidente ha enloquecido, y ahora es responsabilidad de EE.UU. actuar en consecuencia o celebrar, en julio, 250 años de independencia sin asomo de valores democráticos. Es un problema existencial.

Algunas voces, de momento demócratas, partidarias de activar la Vigésimoquinta Enmienda de la Constitución, proponen destituir al presidente por razones de salud mental, pero no deja de ser un mecanismo ilusorio, pues exige mayoría del Gabinete y la voluntad expresa del vicepresidente. Nada más lejos de la realidad. Lo único cierto es que, tras amenazar con hacer desaparecer la “civilización” iraní, un acto de genocidio incompatible con la democracia estadounidense, Donald Trump sigue al frente de la primera potencia del mundo sin dar señales de mejoría.

Es como estar sentados sobre un barril de pólvora. Tener la sensación de que este hombre con los cables cruzados puede hacer una barbaridad en cualquier momento es lo más razonable del mundo. Nadie está a salvo, si Trump no quiere. Pocos quizá sepan que este sujeto goza de autoridad presidencial absoluta para apretar el botón nuclear, sin más aquiescencia que la suya. En calidad de comandante en jefe, ha dejado claro que solo está limitado por su “propia moralidad” para hacer lo que quiera con el poder que tiene. La mención de su moralidad es lo que nos debe preocupar.

El viernes, antes del inicio de las negociaciones de Islamabad, que nos incumben a todos, porque esta es una guerra total sobre un estrecho de 33 kilómetros de ancho por donde pasa la sangre que bombea el corazón de eso que llamamos mundo en términos económicos, al loco de Trump no se le ocurrió otra cosa que decir esto de Irán, país con el que se supone que se sienta desde ayer en son de paz: “¡La única razón por la que están vivos en este momento es para negociar!”.

Es posible que la guerra y la impotencia de no poder ganarla en 48 horas, como pretendía ceporramente, hayan erosionado su cabeza como en aquella cólera de Dios de Lope de Aguirre en su expedición sangrienta por las selvas peruanas, en busca infructuosa de El Dorado a través del río Amazonas. Aguirre, que en la gran pantalla cobró vida en los ojos fieros y la naturaleza trastornada de Klaus Kinski, me recuerda a Trump como si lo estuviera viendo, enfangado en el terror entre cadáveres, sobre su balsa de troncos a la deriva.

Pero Trump podrá creerse dios y querer como un obseso conseguir como sea el dominio del estrecho de Ormuz, como aquel loco conquistador español anhelaba la mítica ciudad de oro, pero sus opciones en esta guerra ya quedaron claras durante 40 días de estúpido despilfarro de tomahawks, que le hicieron estallar de ‘cólera con los tuits demenciales de la última semana: “¡Abran el puto estrecho, locos cabrones”, “si no llegan a un acuerdo rápido, estoy considerando volar todo por los aires y apoderarme del petróleo”, “toda una civilización morirá esta noche, para nunca volver”… Esos pasajes, combinados con alusiones paranoicas a algo “revolucionariamente maravilloso” que estaba por suceder, tras insinuar el uso de armas nucleares si no se reabría el estrecho de Ormuz antes del último plazo de su ultimátum, llevaron a todos al convencimiento de que estábamos en manos de un hombre desequilibrado. Esa luz roja sigue encendida.

Era la antesala impensable, y, por primera vez en mi vida, oí hablar a los expertos del protocolo americano en esa clase de escenarios sobre alguien que no había que perder de vista, el asistente militar del presidente que lo sigue a pocos metros, allá donde vaya, con un maletín negro, para el caso de un eventual ataque de ese cariz. ¡Cómo habíamos podido descender a los infiernos a plena luz del día! La locura es contagiosa, y el martes no éramos nosotros, pendientes hasta la medianoche, fin del plazo, de ver pasar los burros volando.

Los astronautas ya están en casa y esta semana ha tenido un tono de frenopático. Netanyahu asesinó a centenares de libaneses, renuente a la tregua entre EE.UU. e Irán. Vetó a España en la supervisión de la paz en Gaza y la amenazó con hacerle “pagar un alto precio” por su enemistad, mientras sus fuerzas detenían una hora a un soldado español casco azul de la ONU en Líbano sin la condena del PP (“he estado retenida en controles de tráfico más tiempo”, dijo su portavoz, Ester Muñoz, para los anales de la antipolítica nacional). España, harta de otro psicópata, ha solicitado a la UE que suspenda el acuerdo de asociación con el Estado judío, adicto al genocidio.

Según una investigación del New York Times, Trump fue a la guerra, con todas las reservas de su mesa de asesores, seducido por una exposición de una hora en la Casa Blanca a cargo de Netanyahu el 11 de febrero. Había hecho locuras anteriores, pero ese día perdió los estribos definitivamente.

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