psicología y canariedad

El reclamo de Gazmira

Hoy invité a desayunar a Taborno, el viejo guardacoches (él dirá que el viejo soy yo), que tanto me aprecia. Su nombre viene de esa población de las montañas de Anaga, entre los barrancos de Afur y Taborno. Llevaba tiempo con una agonía en el estómago y, en mi coche —que él mismo cuida—, le ayudé con su inteligencia virtual y mi técnica de Transformación emocional (TBT). En doce minutos ya era otro. Descubrió que la causa estaba en su “chica”. Él la llama así, aunque con su barba blanca y su andar venerable, no sé si será tan chica.
Ese fondo amargo lo padece mucha gente sin saber por qué. No surge de la nada: es producto de experiencias enterradas en el inconsciente, que el sistema reticular, siempre vigilante, activa sin pedir permiso, a través del vago, respuestas “reptilianas”, como le ocurría a Taborno. A veces pienso que todos llevamos dentro un animal que despierta cuando menos imaginas.

Taborno, me resulta fascinante porque perpetúa creencias guanches. Cree que yo le despojé de un mal espíritu, un “xaxo” malo o “arrimado”, como describe Bethencourt Afonso, semejante a los endemoniados del Evangelio. El xaxo es más que un cadáver momificado. A los enfermos se les trataba bajo la sombra de un drago, como el «Drago Santo», expulsando espíritus con preparados de su savia. Bethencourt Afonso cuenta que, si alguien enfermaba así, lo llevaban de noche a cuevas profundas, dragos antiguos o barrancos donde el viento hablaba. Los guañameñes y samarines encendían una hoguera, arrojaban sal, resina, hierbas. El humo subía como un puente entre vivos y muertos, invitando a ser interpretado, como todo cuanto se observaba en el firmamento. Sus palabras no eran rezos, sino direcciones para que el espíritu encontrara el camino.
Los guanches creían en la dualidad de la persona humana, compuesta de dos xaxos. A la muerte, uno quedaba en la tierra esperando al otro, que se separaba. «La muerte era un desdoblamiento temporal —dice Bethencourt Afonso— en que los elementos gemelares no rompían su solidaridad ni dejaban de comunicarse; al principio, el xaxo ausente vagaba por los contornos de la necrópolis y más tarde la visitaba para vigilar la conservación de su otra mitad».
He subido a la Mesa Mota con mi ordenador. Entre brezos y hayas, en la laurisilva, contemplo La Laguna e intento descansar. Pero no lo consigo. Esta investigación sobre Gazmira empieza a ocupar un espacio que no sé si es sano. Hay momentos en que siento que el xaxo de Francisca de Gazmira se asoma por detrás de mis pensamientos, reclamando el reconocimiento que merece, empujándome desde un rincón remoto de la historia. No sé si es obsesión o un reclamo de ella
Me asombra que se conozca tan poco de esta mujer, heroína protohistórica en la defensa de los derechos humanos. ¿Por qué tan escasa memoria de sus logros frente a Fernández de Lugo y otros explotadores? ¿Qué silencios han decidido que su nombre se diluya mientras otros, menos dignos, ocupan páginas enteras?
He hablado con expertos y catedráticos de Historia de Canarias. Me aconsejan estudiar el contexto y algún vídeo divulgativo. En cambio, abundan escritos sobre personajes con letras de oro, tan del gusto de mi amiga Luzma Cánovas de Grimón o de su admirado J.A. Cebrián Latasa, ya fallecido, quien afirmaba que «Tanausú es un invento literario tardío».
Me alivian las palabras de María Rosa Alonso, estricta y objetiva, al prologar la obra de Latasa Ensayo para un Diccionario de Conquistadores de Canarias: «Siempre he desconfiado de los genealogistas ansiosos de méritos y blasones…». Quizás saco mi rejo de “Guanir”, “animal silvestre”, nombre que me regaló Juan Álvarez Delgado para expresar “ser libre”. A veces siento que ese nombre me obliga a no tragarme versiones cómodas de la historia.
No creo en casualidades, sino en hechos inexplicables, porque ahora mismo me llama Luzma Cánovas de Grimón. Su antepasado, Jorge de Grimón, no fue simplemente un belga severo, sino un hombre al que sus propios hijos —especialmente Bárbola— describían como terrible, alguien que les causaba auténtico terror. Tras la conquista, Fernández de Lugo lo llamó como especialista en pólvora para arrasar a los Guanches Alzados, estableciéndose en mi pueblo, San Juan de la Rambla, con su familia y espingarderos, en una casa torre que no sé cuál es. La antigua construcción defensiva derivó en explotación agrícola centrada en la vid, motor económico de los siglos XVII y XVIII. Aunque las tierras cambiaron de manos, el apellido quedó en lugares como La Grimona y la Rambla de Castro, en Los Realejos.
Ahora siento el disparo de Luzma, descendiente de Jorge Grimón.
—Hola Pedro, perdona la brusquedad del otro día… pero tengo un notición. Encontré puro oro en la hacienda que fue de mi familia, cerca de tu pueblo. Es el inicio de una mina histórica… ¿Has oído hablar del catecismo guanche? Te diré que el guanche desapareció sin traumas, sin estertores…
—No me gusta discutir. Mi amigo Rumen Sosa acaba de publicar un libro fantástico sobre la muerte del guanche, fruto de su tesis. No creo en un colapso repentino, sino en un proceso de más de un siglo. Bartolomé Cairasco de Figueroa es prueba de ello: usa términos guanches en 1582.
—Francisca de Gazmira es una falsa, una espía doble —me suelta—. Falso como todo ese martirologio guanche…
Colgué. Me llevan los demonios. Menos mal que existieron antropólogos rigurosos como Dominik Josef Wölfel, austriaco, quien rescató a Francisca de Gazmira buceando en Simancas y en los protocolos de Sevilla. Quiso reconstruir la cultura guanche antes de que se perdiera bajo intereses políticos y de clase.
Y, aun así, me ha dejado intrigado con lo del catecismo. Algo se mueve bajo tierra. Algo respira en la laurisilva de la Mesa Mota.
Y no sé si es historia… o es el xaxo de Francisca reclamando

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