Cada domingo de mi infancia el ritual se repetía: comer chicharrones con gofio en el restaurante Tenerife-Palma de San Isidro, muy cerquita del Aeropuerto del Sur para, acto seguido, bajar a ver al Hermanito Pedro. Sí, en el sur utilizamos el sufijo ito para referirnos al primer santo canario, otorgándole un significado particular de “respeto cariñoso”, propio de nuestro dialecto.
En la cuevita le pedía que me ayudara con las matemáticas y que le diera salud a mi abuela Lela, quien nos acompañaba recorriendo a duras penas, el pequeño sendero de tierra desdibujado que separaba el coche de la cuevita. Íbamos haciendo paraditas para oxigenar su castigado corazón, siempre en familia: mi madre, mi hermano, Lela y yo. Mecidos por el viento y el estruendo de los aviones en nuestros cogotes, llegábamos a sus pies.
Los domingos el Hermanito Pedro nos recibía en la puerta de la cuevita; la hermana del cura, don José Ventura -gran defensor de la figura del Hermanito Pedro-posaba su imagen humilde y austera en ese trono improvisado durante toda la jornada del domingo, hasta que terminara la misa. Bajo sus pies colocábamos piedritas, así nuestras peticiones y promesas se cumplían.
Mi madre y mi abuela rezaban. Dentro de la cuevita, yo escribía en la libretas de cuadros mis peticiones y agradecimientos. También leía algunas de las ya escritas, con alguna reprimenda de mi madre por la indiscreción. Me podía la curiosidad de las historias de los fieles que rodeaban la peregrinación. En la cueva anexa, con mi hermano, jugábamos a identificar nuevos objetos: una nueva tarjeta Nobel de conductores, “está no estaba la semana pasada”, implorábamos. Alguien se ha sacado el carnet de conducir y lo dejaba allí como agradecimiento.
Recuerdo la emoción en San Isidro, El Médano, Granadilla de Abona, Vilaflor de Chasna, Arico, San Miguel de Abona, Arona, Adeje, Guía de Isora, Santiago del Teide, Fasnia… cuando anunciaron que el Hermanito Pedro sería el primer santo canario. Nos explotaba el corazón y el orgullo.
El Hermanito Pedro recibe cada año en su cuevita la visita de más de 300.000 fieles. Su devoción se ha convertido en una tradición que forma parte de la cultura de quienes hemos nacido en el sur de Tenerife; aunque no frecuentemos iglesias.
Más de treinta cinco años después, mientras escribo estas líneas como con mi madre carne a la brasa, junto al restaurante de mi infancia convertido ahora en una ferretería. Al terminar, bajaremos a ver al Hermanito Pedro. Ahora es mi madre a la que acompaño haciendo paraditas para coger resuello hasta llegar a la cuevita.
Hablamos del 400 aniversario del nacimiento del Hermanito Pedro y me traslada su incomprensión e impotencia ante el olvido de las autoridades eclesiásticas de no acordarse del santo canario para acompañar al Papa en la misa del próximo 12 de junio ante todos los tinerfeños y tinerfeñas. Ella solo espera que rectifiquen porque como decía su madre y mi abuela: “El sur existe y el Hermanito Pedro también”.
- Periodista y docente


