Trump ha sufrido su tercer atentado, aunque este del pasado sábado ha sido en la modalidad de intento. Un profesor de California, con escasa pinta de profesor, e ingeniero, con ninguna pinta de ingeniero, disparó en el vestíbulo de un hotel de Washington DC contra un miembro del Servicio Secreto y la bala se alojó en el chaleco del agente. No consiguió entrar en el comedor donde se celebraba la cena anual de los corresponsales en la Casa Blanca. Allí estaban miembros del Gabinete, de la Cámara de Representantes y del Senado, además de los periodistas y otras figuras relevantes de la política de los Estados Unidos. El tipo fue reducido y detenido y le esperan muchos años de mazmorra. Trump dijo que fue cosa de un lobo solitario, no de una conspiración como tal. Pero es la tercera vez que se lo quieren cargar, así que el Servicio Secreto deberá estar atento. Dicen que hubo fallos de seguridad, pero a mí me pareció un despliegue brutal y, además, sin que el agresor consiguiera herir de gravedad a nadie. Es curioso cómo se fue el Servicio Secreto a por el vicepresidente, Vance, a quien evacuaron antes que a Trump. Las escenas que vi en la CNN y en la BBC son dignas de una película de intriga. El primer atentado casi le cuesta a Trump una oreja y el agresor fue abatido. El segundo ocurrió en su campo de golf de Florida, un episodio que resolvió el Servicio Secreto deteniendo a un sujeto. Y el tercero, el del sábado. En USA son aficionados a atentar contra los presidentes, un oficio de riesgo. Cuando Mateo Morral le lanzó la bomba a Alfonso XIII en la calle Mayor, el día de su boda (1906), el rey le dijo a su flamante mujer, la reina Ena: “Estos son gajes del oficio”. Se lo dijo en inglés porque ella español no sabía; lo aprendió después.
