Elías Bacallado Hernández era un hombre austero. La contención era su seña de identidad, su manual de estilo para estar en el mundo. Había que tirarle un poco de la lengua para entenderle bien, porque los motivos de su forma de ser estaban en su biografía. Yo lo conocí cuando él ya era presidente del consejo de administración de Canavisa, empresa matriz del periódico en el que trabajé durante 14 años y al que siempre consideraré mi escuela y mi casa. Pero debido a esta secuencia temporal tengo que aclarar que me faltaba entonces mucha información pretérita.
Era cuando hablaba de su vida cuando uno empezaba a entenderle. Sin ningún afán de notoriedad, con ese tono siempre mesurado que aun así dejaba espacio para un humor socarrón, Elías te hablaba sobre sus años de emigrante en Venezuela, tiempos de esfuerzo y privaciones, o sobre su regreso a Tenerife para jugar un papel en los inicios de la democracia. Siendo, como fue, uno de los fundadores de la Agrupación Tinerfeña de Independientes, embrión del moderno nacionalismo canario, jamás le escuché darse importancia sobre sus logros políticos como alcalde de El Rosario, tarea que desempeñó con esa generosidad silenciosa que fue también una de sus señas de identidad. Hay pruebas de ello incluso en los mapas municipales de la isla, pues fue bajo sus auspicios cuando el municipio esperancero donó a Santa Cruz de Tenerife una importante bolsa de suelo necesario para la expansión de la capital, una prueba de servicio público bien entendido y defensa del interés general de la isla.
Me gustaba hablar con Elías en su despacho del periódico por varios motivos. Uno de ellos era su conocimiento directo de unos años, la década de los setenta, que solo viví desde la ignorancia feliz de la niñez, pero que fueron tiempos de cambio, de transición exitosa pero también de incertidumbre sobre el porvenir. Otra razón que hacía grata la charla con mi presidente y por tanto jefe en el periódico decano era la racionalidad de sus planteamientos. Elías Bacallado podía ser exigente cuando la ocasión lo requería, pero también era ecuánime siempre, nunca fue esa clase de editor prisionero de su propia realidad fabricada.
En el fondo, Elías Bacallado quería vivir en el mundo real, un mundo parecido al que había vivido, hecho a base de trabajo, de respeto por el otro, incluido el discrepante. Quizá sin ser consciente del todo de ello, esa filosofía vital lo convertía en el editor que todo director quiere tener, un propietario capaz de respetar el delicado equilibrio entre empresa, dirección y redacción que es la regla de oro de cualquier medio de comunicación, también ahora, en tiempos turbulentos para el mundo y el negocio periodístico. El actual propietario de DIARIO DE AVISOS ha tenido la inteligencia de respetar y poner en valor ese legado, también sostenido por Elías Bacallado Cabrera, un vástago que llegó al periódico muy joven para trabajar desde la base y ahora ha construido su propio camino en el mundo audiovisual con las mismas señas de identidad que su padre, tomando las lecciones que aprendió en casa y en el periódico. Qué formidable mujer es Mila Cabrera, otra viga maestra de esta historia.
La adversidad es una maestra desagradable, pero también infalible. Aquel accidente vascular a finales de 2008 amenazó con dejarnos a un Elías Bacallado mudo para siempre. Por fortuna, no fue así, pero eso tampoco fue producto de la casualidad, sino de la voluntad férrea de un hombre que, en lugar de dejarse ir, se aferró no solo a la vida, sino también a la vida útil, a través de un incansable empeño en la recuperación. Recuerdo un discurso suyo en la entrega de los Premios de Gastronomía del decano, aún convaleciente pero empeñado en mostrar a todos que su afán por volver a ser él mismo iba en serio. Y tanto que lo iba. Desde entonces hemos hablado mucho, él ya jubilado y con la tarea hecha y yo metido en otros menesteres profesionales. Siempre una voz sensata y una charla reconfortante. Hasta ayer, cuando nuestra común amiga Clara Toledo me informó de su gravísimo estado. Descansa en paz, querido jefe. Tu legado sigue vivo entre los que por aquí seguimos. Y un abrazo muy fuerte, querida Mila, querido Elías.
