A mis abuelos
Carmen y Ezequiel
Sin lugar a dudas, la Semana Santa en Canarias y, con ella, el arte de la imaginería deberían vivirse desde la tristeza y el recogimiento que nos invitan a reflexionar sobre la vida y la muerte. Sin embargo, si bien la muerte de una persona siempre nos entristece, en el caso que nos ocupa sí encontramos ese consuelo; incluso con un poco de imaginación podemos llegar a notar su presencia física, pues la persona de la que hablo, Ezequiel de León Domínguez, nos legó una amplia producción iconográfica que ha enriquecido el patrimonio canario.
Este año, cuando se cumplen cien de su nacimiento y dieciocho de su fallecimiento, hemos podido sentirlo vivo, transitando entre nosotros a través de sus obras. En ellas se reconoce su sensibilidad humanista y empática, su palabra y su oficio, como a él le gustaba decir. Expresar la muerte y la vida, modelar las sensaciones que salían de su alma no fue tarea fácil en una sociedad un tanto complicada como lo era la de La Orotava de los años 30. A base de empeño y superación superó con creces los retos que la vida le planteaba.
En Semana Santa recorrió numerosos pueblos junto a Luján y Estévez, de cuyo magisterio se reconoce heredero. Me gustaría imaginar y reconstruir una conversación entre los tres, con mi intervención como moderador, en torno al oficio y a la academia, quizá en una plaza o ante una mesa bien acompañada de malvasía. Mis limitadas dotes literarias no me permiten tal atrevimiento; prefiero dejarlo en manos más capaces.
Me unió a mi tío una gran amistad, más allá del lazo familiar, y colaboré durante varias décadas en su taller. Este año se cumplen cincuenta años de las primeras tareas que me encomendó. Dibujo, modelado y conversaciones que nos transportaban a otra época forman parte de ese recuerdo, al que se suma una coincidencia difícil de ignorar: los dieciocho años de su fallecimiento y los dieciocho del nacimiento de mi hijo.
Ezequiel fue el primogénito de una familia numerosa, mi padre, Luis de León Domínguez, sería el quinto en nacer del matrimonio formado por Carmen y Ezequiel. El escultor nació en una pequeña casa en la calle Nueva que todavía hoy se conserva. Después de su nacimiento, la familia se traslada al callejón de Altavista donde nacerían el resto de los hermanos y hermanas, rodeados de unos extraordinarios vecinos y vecinas que mi abuela Carmen mimaba con esmero.
EL PRIMER TALLER
En el callejón de Altavista, el maestro escultor Ezequiel tendría su primer taller, en el cuarto anexo a la casa de mis abuelos, conocido como el cuarto de Juaniquilla. Algunas obras se modelaron allí, como el Cristo crucificado para la parroquia de San Luis, en Taco, o el Cristo de la Columna para Granadilla, entre otros. Estas obras y el resto de su producción se modelaron con un barro (mazapé) que tiene su propia historia y que relataré.
Altavista se convirtió en la estancia perfecta y estratégica para que Ezequiel desarrollara su creatividad desde la niñez. La masa del pan, las pellas de cacao, el barro de entre las piedras y la cera de las procesiones fueron los primeros materiales de Ezequiel para sus modelados.
A modo de inciso me gustaría comentar algo que no muchos saben y es que esa cera también se utilizaba para hacer pequeños exvotos de las personas del extrarradio de La Orotava para darle gracias a la Virgen de Candelaria por los favores concedidos en temas de salud y la recuperación de animales.
Ezequiel asistiría más tarde a la Escuela Municipal de Dibujo dirigida por unos ilustres orotavenses, los hermanos Perdigón. Pero si bien tengo que hablar del tratamiento del barro que mencioné anteriormente, permítanme que haga justicia haciendo mención a algunas personas que fueron mentores claves para el desarrollo y la trayectoria profesional de Ezequiel y que conecta con lo del barro.
LOS MECENAS
Además de su familia, entre quienes destacan su esposa, mi tía Evarista, la primera referencia importante en la vida de Ezequiel, y en cierto modo sus tutores, fue el matrimonio formado por don César Hernández Martínez y doña Ana García Barlet. Fueron sus mecenas en la adolescencia y quienes le encargaron diversos belenes canarios de extraordinario valor etnográfico y artístico, realizados en esta etapa juvenil.
A través de las relaciones de don César, entra en escena don Rafael Machado, cuya influencia resultó determinante. Mientras modelaba un belén para él y su esposa, doña Laura, además de unos bustos de sus hijas, le habló de un mazapé de extraordinaria calidad en su finca de Tegueste. Con ese material modelaría desde entonces su obra escultórica hasta el final de su vida.
En ese entramado de apoyos y aprendizajes se sitúa también don Tomás Machado, arquitecto y autor de la perspectiva del tapiz del Corpus Christi en la plaza del Ayuntamiento. Ezequiel se convirtió en su ayudante principal y trabajaba como delineante en su estudio, labor que compatibilizaba con su formación en la Escuela de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife.
Junto a ellos, desempeñaron igualmente un papel relevante don José Estévez, entonces alcalde de La Orotava; don José Ponte Méndez, cura del municipio, y don Abraham Cárdenas, director de la Escuela Luján Pérez en Las Palmas de Gran Canaria, a quien conoce en el tiempo de su servicio militar en la isla. Figuras que contribuyeron a consolidar su proyección profesional. Ya en la cincuentena, completó su formación en Sevilla, donde obtuvo la titulación en Restauración y Conservación del Patrimonio bajo la dirección del profesor Arquillo. Años después, una de esas coincidencias del destino, tuve ocasión de colaborar con Francisco Arquillo en varios proyectos.
Así va transcurriendo y consolidándose la vida artística de Ezequiel, con numerosos encargos para La Laguna, La Palma, La Orotava, Icod… y otros tantos pueblos de las islas. Este artículo se acompaña de fotografías que considero relevantes. De la cabeza del Cristo de la Columna y de un boceto en escayola para un San Juan, elaborados a la edad de 13 años, que mi abuela Carmen tuvo a bien legarme antes de su fallecimiento.
LA FINCA DE TEGUESTE
No quisiera terminar esta breve referencia sin aportar una anécdota, una entre muchas, sobre la última extracción de barro en la finca de Tegueste, que tramité con doña Laura. Tras hablar con ella, puso a nuestra disposición al encargado general, don Antonio, vecino de La Ratona, para coordinarnos en la recogida del material. Recuerdo que fue un sábado memorable. Fuimos a Tegueste y el medianero de la finca, persona entrañable, estaba preparado con azadas, picos y una podona. Desde muy joven sabía dónde se encontraba la veta de mazapé; limpiamos el lugar, tomamos las herramientas, cavamos y llenamos los sacos con el hermoso material.
Una vez concluido el trabajo, visitamos la gañanía, donde pudimos apreciar la belleza de un ganado vacuno extraordinario. Departimos y nos convidaron con vinos y quesos de exquisito sabor, color dorado y un aroma que todavía hoy retengo en la memoria. Allí, junto al guayero, don Antonio, y Ezequiel, que disertaba sobre aquel noble material, entendí cómo las características físico-químicas del barro dieron lugar a una técnica de modelado muy concreta.
GRATITUD
Esta última extracción de barro fue la que Ezequiel utilizó en su etapa final. Haber contribuido a devolverlo al taller donde me formé, al lado de quien fue mi maestro y compañero de largas conversaciones mientras dorábamos, pulíamos y modelábamos, entre el olor de las colas y los barnices, la madera recién trabajada y el barro aún húmedo, rodeados de herramientas, bocetos y piezas a medio hacer, sigue siendo para mí motivo de gratitud.
*Escultor

