por qué no me callo

“Habrá disparos esta noche en la sala”

Trump adora la fama, se autoadmira e idolatra y echaba de menos los focos amables por alguna gesta ostentosa. Llevaba una temporada de capa caída por el fracaso de la guerra, el desgaste electoral y los rumores de senilidad. El atentado del hotel Hilton le ha colmado de lo que más ansiaba en estos momentos: sentirse el centro de todas las miradas, como un superhombre que ha superado tres intentos de asesinato.

Tras resultar ileso una vez más, la noche del sábado, se ha explayado congratulándose de ser uno de los elegidos en la historia de los magnicidios de su país, los presidentes “que mayor impacto tienen, no los que pasan desapercibidos”. Como Abraham Lincoln o Kennedy, pero con más suerte, ellos murieron y él sobrevivió.

Con esa reacción, genuinamente narcisista, el republicano se muestra incorregible. Cuando aquella bala le pasó rozando, el 13 de julio de 2024, en un mitin en Pensilvania, era un candidato con malas encuestas, y su imagen icónica levantó suspicacias. Trump, ensangrentado, alzando el puño junto a la bandera americana, pedía a los agentes de seguridad que se pararan para gritarle al público: “¡Luchen, luchen, luchen!”. Ese día se enfiló hacia la Casa Blanca.

La noche del Washington Hilton, este sábado 25 de abril, en el primer plato de la cena de los corresponsales en la Casa Blanca (ensalada de guisantes de primavera y burrata), estuvo menos ágil y combativo. Escuchó ruidos fuera de la sala de baile (que eran del tiroteo con el lobo solitario) y pensó “que era una bandeja que cayó al suelo”. Después, los agentes del Servicio Secreto irrumpieron algo tarde para evacuarlo por bastidores (después que a Vance), él dio dos pasos, se desplomó, y lo tuvieron que reincorporar hasta lograr sacarlo con Melania, la esposa. Su tercera experiencia con esta clase de incidentes agranda la leyenda mesiánica de Trump, pero no está exenta de sospechas.

El atentado fue una noche de brujas. Y a Karoline Leavitt, secretaria de Prensa de la Casa Blanca, con 28 años, le ha tocado pasar a la historia por un comentario propio de vidente. En los prolegómenos de la cena -una gala que suele tener un tono sarcástico- declaró a Fox News que se esperaba un Trump “clásico, gracioso y entretenido”, y a continuación añadió literalmente: “Habrá algunos disparos esta noche en la sala”. La portavoz quizá se estaba refiriendo a los dardos que Trump suele lanzar a la prensa o acaso le traicionó la mente un presagio repentino, por el que será recordada.

Esta frase suelta y premonitoria se suma a las sospechas de montaje que rodean a los atentados de Trump. Si en Pensilvania (y en su campo de golf de Palm Beach, cuando el segundo atentado fallido) el candidato republicano estaba necesitado de un golpe de efecto para remontar frente a Kamala Harris, y una bala le hizo una muesca en la oreja, esta vez las encuestas le auguran un rotundo fracaso en las elecciones de medio mandato en noviembre. Y acaba de ver cómo los iraníes lo dejaban plantado en Islamabad abortando las negociaciones de paz en la guerra.

Son días críticos para un presidente al que un grupo de legisladores solicita abiertamente que se active la 25ª Enmienda para ser incapacitado por problemas de salud mental. No es ninguna broma, aunque se dispusiera a hablar en una cena burlesca de periodistas en un hotel de la capital. El tipo que corría por los pasillos con una escopeta, una pistola y varios cuchillos, es, al parecer, un ingeniero con un máster en computación que programaba videojuegos.

Es posible que esta última faceta le haya virado el coco y se haya creído un héroe en defensa del “pescador ejecutado sin juicio previo, el escolar que muere en una explosión, el niño que muere de hambre y la adolescente abusada por los numerosos criminales que integran esta administración”, según reza en un manifiesto que el maestro de escuela californiano Cole Thomas Allen, de 31 años, detenido por el personal de seguridad, dirigió a algunos familiares antes de emprender su venganza contra Trump y el Gabinete por los bombardeos de narcolanchas, las niñas de una escuela iraní asesinadas al comienzo de la guerra, las víctimas infantiles del genocidio palestino y las del clan del pedófilo Jeffrey Epstein.

El propio Trump nos irá poniendo al día del atentado, gracias a su incontinencia de tuitero. Su versión de que ha sido un acto de “odio” a los cristianos a cargo de un “religioso radical” encaja con el fanatismo evangélico de su secretario de Guerra, Pete Hegseth, o de su rezo con predicadores en el Despacho Oval como si fuera una “guerra santa”. Y encaja, sobre todo, con la imagen que publicó de sí mismo, generada por inteligencia artificial, en la que finge nada menos que ser Dios.

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