El abandono de la corresponsabilidad de la política opositora por parte de la actual derecha española arroja un saldo negativo en la contabilidad de los necesarios acuerdos de Estado entre las formaciones políticas con asiento en las Cortes.
El término, a menudo mal usado, de “polarización política” suele señalar con el índice al Gobierno en ejercicio. Pero no cabe duda de que las fuerzas centrífugas de una demagogia improcedente, enarbolada como signo de progreso, contribuyen a que se fije la mirada en la historia ‘de lo mío’ y en las heridas del descontento que la propia vida va tejiendo -en las circunstancias de cada cual- que depende en gran parte de los que olvidan la necesidad de saber a qué atenerse en cada momento de la existencia.
Es obligación del líder de la oposición -podríamos decir- aceptar que no gobierna, pero también que -por el contrario- puede actuar: para contribuir a formar una opinión pública regida por la razón y por la corresponsabilidad de vivir el presente y preparar el futuro, tanto para la generación actual como para las venideras.
Por lo demás, se echan en falta los tónicos de inteligencia que evitarían ciertamente los despropósitos que se advierten en ciertos discursos inconsecuentes, estertóreos -y, en ocasiones, dañinos- para la deseada conciliación ciudadana. Nos llega desde lo hondo de la memoria aquella frase de J. F. Kennedy, 1961 : “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Es una advertencia para advenedizos y egoístas.
También se echa en falta -sin duda- la opinión y el compromiso de aquellos ciudadanos que por su preparación -intelectuales o no- podrían nutrir un verdadero ejército cívico: ciudadanos que sientan el país como propio, y no como ocurre con frecuencia, que lo vean solo como aposento de lo particular.

