El pasado viernes 10 de abril, mientras los astronautas de la misión Artemis II de la NASA iniciaban la exitosa fase de amerizaje en el océano Pacífico, al tiempo que Islamabad se preparaba para recibir a los negociadores de Irán y EEUU, tuve la fortuna de asistir a la puesta de largo del último libro de Javier Cremades, Sobre el imperio de la Ley, en la sede de la Presidencia del Gobierno.
Su autor es el primer y actual presidente español de la Asociación Mundial de Juristas (World Jurist Association), una organización internacional que reúne a presidentes de tribunales supremos y de tribunales constitucionales, magistrados, fiscales, y juristas de más de 140 países, su misión es fortalecer el Estado de derecho y fomentar la paz mundial tal y como había inspirado Sir Winston Churchill.
El libro es un análisis riguroso y ameno, lejos de circunloquios academicistas, que cuenta además con extraordinarios acompañamientos en el prólogo y epilogo como los de Stephen Breyer, nada menos que Juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos durante casi tres décadas, y el de Stephan Harbarth, presidente del Tribunal Constitucional Federal alemán desde 2020. La obra es una defensa del principio de legalidad como eje vertebrador de las sociedades libres, en un contexto marcado por la globalización, la disrupción tecnológica y la erosión de las instituciones. Despliega una reflexión amplia sobre la génesis y consolidación del constitucionalismo moderno y, especialmente, sobre sus desafíos en el siglo XXI. El prólogo de Breyer es fascinante. Cuenta cómo incluso en democracias maduras, la tentación de “saltarse” la ley cuando no nos gusta es constante, y solo la cultura y el hábito de los ciudadanos evita que el sistema se derrumbe.
Se nos advierte que el totalitarismo de hoy no procede únicamente de “bloques exteriores”, como en la Guerra Fría. Es un virus que se halla en el interior del organismo de nuestras democracias y exige vigilancia continua. El imperio de la ley es lo que hace fuertes a las democracias occidentales y por ello precisamente son objetivo a batir mediante la desinformación y la polarización. Así pues, o nos sometemos al derecho o acabamos sometidos a “ley del más fuerte”. El autor nos recuerda cómo esta “erosión” de la ley se ha visto en casos tan distintos y peligrosos como son el asalto al Capitolio en EE. UU., el proceso en Cataluña, el Brexit, los acontecimientos de Brasil o la situación en Venezuela, entre otros. Cromades reconstruye la evolución del principio de legalidad desde sus raíces en el Derecho Romano y la tradición medieval, pasando por su formulación en el pensamiento ilustrado y su consagración en los textos constitucionales contemporáneos. El imperio de la ley no es una categoría estática, sino una conquista histórica sujeta a continuas tensiones y regresiones. Un sistema jurídico se vuelve frágil si los ciudadanos perciben que las élites no respetan el espíritu de las normas. La “degradación silenciosa” que se menciona en el libro se manifiesta precisamente cuando se pierde esa ejemplaridad esperable, sustituyéndola por un uso partidista o instrumental de las leyes que acaba por deslegitimar las instituciones. El Estado de derecho depende tanto de la arquitectura y calidad técnica de las leyes como de la conducta ética de quienes las gestionan y de sus destinatarios.
Cremades nos ofrece su diagnóstico de las patologías actuales que afectan al imperio de la ley: la hipertrofia legislativa y la consiguiente pérdida de calidad normativa; la politización de instituciones llamadas a ejercer funciones de control; la creciente distancia entre legalidad formal y legitimidad material; y el impacto de la economía global y de los poderes fácticos transnacionales. Pero también nos ofrece el antídoto: la reafirmación y preservación de la independencia judicial como pilar irrenunciable; la reducción de la imparable inflación legislativa; el fortalecimiento de los mecanismos de control, la rendición de cuenta, la transparencia y la promoción de una cultura jurídica basada en la responsabilidad institucional y el respeto a la ley.
El poder y el derecho son las dos caras de una misma moneda. La legitimidad del poder no es solo de origen debiendo alcanzarse el mismo a través de procesos constitucionales, sino que la legitimidad ha de exigirse también en el ejercicio del poder, sometido a los fines que le son propios, que consisten en garantizar el respeto a la dignidad humana, la interdicción de la arbitrariedad y del abuso de poder en sus diversas modalidades. Ya en el siglo XIX, nos decía el político e historiador británico Lord Acton, en su célebre carta al obispo Mandell Creighton, que el “poder tiende a corromper, y el poder absoluto, corrompe absolutamente” la frase encuentra sus raíces en la filosofía griega y en la cultura grecorromana; y Montesquieu sostenía que “todo hombre revestido de poder siente una inclinación a abusar de él, yendo hasta donde encuentra límites”, los filósofos griegos advertían que el poder tiende a expandirse, a perpetuarse y en ultima instancia a corromperse. El antídoto a la arbitrariedad es el Derecho y el imperio de la ley.
En definitiva, la obra Sobre el Imperio de la Ley es una llamada a la vigilancia activa en pro de la preservación de los principios constitucionales que sostienen el orden jurídico, alertando que el imperio de la ley no es una conquista irreversible, sino un reto permanente que exige compromiso, lucidez y responsabilidad institucional. Para ello es esencial “fomentar una cultura cívica a través de la enseñanza y la educación” y, añadiría yo, garantizar la independencia de jueces y magistrados, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley, como exige nuestra Constitución.
*Doctor en Derecho. Profesor asociado de la ULL. Secretario General del Parlamento de Canarias.


