psicologÍa y canariedad

Trece años, endechas y amazonas

Domingo, 1 de marzo, 2026. Mi pensamiento obsesivo me desgarra: ¿dónde quedan los cristianos que rezan cada día “Ven a nosotros tu Reino” frente al horror infantil? Entonces, Auschwitz; y ahora, Gaza, Teherán y el Líbano. ¿Por qué los que entonces callaban y se alegraban del horror de los niños judíos en los campos de concentración nazi, coinciden con la ideología de los que ahora lo hacen ante el desgarro de niños palestinos, iraníes o libaneses?

El teléfono rompe el silencio de mi estudio en La Laguna. Es Raudel, que llama tras el temblor que nos sacudió el pasado jueves 26.

—Pedro, ¿cómo sigues del susto? —pregunta interesado sin formalismos.
—Sobreviviendo, Raudel. Ya sabes, la geología y la memoria de esta tierra tiemblan cuando menos lo esperas —le respondo, agradecido.
—Sigue en pie lo nuestro, ¿verdad?
—¡Por supuesto! El próximo domingo paso a buscarte. Iremos por ahí, invito yo. Ve preparando el estómago y tus historias.
Cuelgo el auricular y me quedo a solas con mis apuntes sobre el escritorio. La charla con Noli Melián ha abierto una esclusa en mi mente. Cierro los ojos y el muro del tiempo se desmorona. El pasado no es un eco lejano; irrumpe aquí y ahora, conjugándose en un presente implacable.

EL ANZUELO OCULTO EN EL CEBO

En el cantón de Aridane, la bruma se rasga con gritos de terror. Los barcos europeos no atracan para comerciar; vienen a cazar. La voracidad de los conquistadores por atrapar seres humanos es insaciable, pues la carne guanche es la principal mercancía, el verdadero motor económico para financiar la empresa de la conquista. Engañan y saquean.

En El Hierro, la táctica es aún más ruin: atraen a los pacíficos bimbaches a los navíos prometiéndoles trueques amistosos y, una vez a bordo, los encadenan para venderlos en los mercados de la Península.

En La Palma, la violencia es frontal. Francisca de Gazmira, con apenas trece años, es apresada. Hombres de rostros curtidos y armaduras oxidadas la arrastran hasta el barco. Su madre y la gente del poblado corren desesperadas buscándola. Sus alaridos de dolor se estrellan contra el oleaje, mientras las barcazas alejan a la niña irremediablemente mar adentro, rumbo a su cautiverio en Gran Canaria.

LA PALMA, CIPRÉS DE TRISTE RAMA

Ese es el verdadero llanto de las islas. Sin embargo, la historia oficial, la que se escribe con letras doradas, prefiere llorar a los invasores.

Años antes de este secuestro, en 1447, el joven Guillén Peraza había desembarcado en La Palma con esa misma sed de sangre y esclavos. Pero los benahoaritas se defienden con una fiereza que le cuesta la vida al capitán. Los castellanos, en duelo por el apuesto noble, componen las famosas Endechas. Maldicen cantando la tierra que se atrevió a defenderse de su ataque:

Llorad las damas, si Dios os vala, / Guillén Peraza quedó en La Palma. No eres palma, eres retama, / eres ciprés de triste rama, eres desdicha, desdicha mala.

Ellos lloran su malandanza y maldicen nuestros volcanes; a nosotros, en cambio, se nos exige olvidar a las niñas raptadas.

Y mientras La Palma sangra, el resto del archipiélago teje una macabra red de abusos e intrigas. En La Gomera, bajo el yugo de Fernán Peraza “el Viejo”, impera un silencio gomero táctico, de sumisión aparente y miradas de reojo. Un silencio que su hijo, Hernán Peraza “el Joven”, se encarga de tensar hasta el límite con sus continuos abusos e incumplimientos de los pactos gomeros —lo que desembocará en la sangrienta Rebelión de los Gomeros de 1488.

Este mismo Hernán es quien, en 1481, asesina en Hermigua al conquistador Juan Rejón. Para castigarlo, Isabel la Católica urde una jugada maestra: lo obliga a casarse con su cortesana Beatriz de Bobadilla —resolviendo de un plumazo los celos que la reina sufre por los escarceos de su marido Fernando con ella— y, como penitencia, le impone colaborar en la conquista de Gran Canaria, antes incluso de la llegada de Pedro de Vera y Miguel de Mújica en 1480.

Ese es el mundo de lobos al que arrojan a Gazmira. El mercado humano, los celos reales, la ambición desmedida.

LA NECESIDAD DE SER AMAZONA

Abro los ojos en mi estudio de La Laguna. Ese número, los trece años, me resuena con una familiaridad que duele.

Ahí radica la esencia por el que se le atribuye a la mujer palmera ese carácter de «amazona». No es un mito romántico, es una necesidad vital. Ante la adversidad, la viudedad o la crudeza del entorno, la mujer asume el timón con una fortaleza sobrehumana.

Lo sé bien, porque lo viví en mi propia casa.

Tras casarse e irse a vivir a Los Sauces, mis abuelos regresaron a Tenerife, instalándose en mi pueblo, San Juan de la Rambla, simplemente porque allí no había panadería y vieron una oportunidad de negocio. Pero los problemas no dormían. Mi abuelo falleció, mi abuela se quedó ciega y mi tío, el hermano pequeño, enfermó gravemente de pleuresía.

¿Quién sostuvo los cimientos de aquella casa que se derrumbaba? Mi madre. Y tenía, exactamente, trece años.

A la misma edad en que a Gazmira le robaron la libertad, a mi madre, la infancia para convertirla en el pilar de hierro de la familia. Era una joven corpulenta, guapa, fuerte. Una verdadera amazona de linaje palmero. No solo cuidó de mi tío enfermo y guio los pasos en la sombra de mi abuela ciega, sino que, a sus 13 años, se convirtió en activa empresaria. Dirigía la panadería y a sus operarios con tacto y empatía, y cada mañana, desde su puesto tras el mostrador, se transformaba en la consultora médica, consejera y psicóloga del pueblo, que acudía a comprar el pan y a descargar sus pesares.

Viendo aquel mostrador, a nadie le debería extrañar que, años después, dos de sus hijos acabaran siendo médicos y yo, psicólogo. Todo lo aprendimos de aquella niña de trece años a la que la vida obligó a ser gigante.

Miro la pantalla del ordenador, aún vacía de datos sobre la heroína palmera. Gazmira no es solo un eslabón de la historia de Canarias; para mí, es un eslabón emocional. Buscarla a ella es buscar las raíces de la resiliencia de las mujeres de mi tierra, de mi propia sangre.

Apago la luz del escritorio. El domingo que viene, cuando me suba al coche con Raudel, tendré mucho que contarle.

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