Bajo el influjo de César Manrique, allí donde el océano Atlántico se entrega sin reservas y se funde con la arquitectura líquida del Lago Martiánez, tuvo lugar el 25 de abril -último sábado del mes- una de esas citas que trascienden lo meramente cultural para instalarse en el territorio de lo emocional. El Colectivo Cultural Gánigo convocó en el Puerto de la Cruz a quienes entienden que la tradición no es ancla, sino impulso. Toda una invitación a “dar vueltas al gánigo”, como dejara escrito el poeta Carlos Pinto Grote, en ese gesto circular que une pasado y presente. La tarde fue cayendo con una cadencia casi ritual. Los asistentes llegaron poco a poco, como si obedecieran a un pulso común, y el espacio se fue llenando de palabras y miradas cómplices. Bajo la coordinación precisa y cercana de Felipe Hernández, el acto adquirió una textura íntima, donde cada intervención encontraba su lugar sin estridencias, dejando que la emoción fluyera con naturalidad. Los homenajes trazaron un mapa humano profundamente arraigado en la identidad canaria. La portuense Venerable Hermandad del Gran Poder de Dios emergió como símbolo de una religiosidad que es también historia compartida; la trayectoria de Milagros Luis Brito fue reconocida como ejemplo de compromiso firme con la cultura y el servicio público; y Chago Melián encarnó una conjunción entre voz y pincel, entre música y mirada, que define a los creadores auténticos. A este recorrido se sumó la Asociación Cultural Humboldt de Canarias, que convirtió el recuerdo en presencia al evocar a humboldtianos esenciales en su trayectoria a lo largo de casi dos décadas de trabajo. Hubo también espacio para lo simbólico con la entrega por parte del colectivo a cada homenajeado de una fotografía junto a una frase cuidadosamente elegida, una placa y, sobre todo, el gánigo, pieza artesanal concebida para la ocasión. El acto derivó después hacia la cercanía con un brindis, conversaciones sin prisa y la música surgiendo de manera casi espontánea, elevando el instante a una dimensión más honda. Y la jornada acabó con lluvia, anunciada pero igualmente celebrada, cayendo sobre la escena como un telón final. Y todos coincidimos en afirmar que lo vivido aquella tarde/noche no fue solo un encuentro, sino una afirmación serena en la que se demostró que la cultura sigue siendo ese hilo invisible que nos une, nos explica y, sobre todo, nos mantiene vivos.
