A Cuba apetecía quererla y piropearla como ‘Cuba la bella’. La isla musical. Trova, Buenavista y Tropicana, que le quiten lo bailado. Y la historia la emparentó con Canarias en el siglo XVI.
“Pase usted, que estuvo en La Habana”, era una fórmula de cortesía en la calle muy canaria. Cuba era como nuestra prolongación en América. Y aquí la teníamos en lo más alto. Fidel, en el 96, dijo en el Teide que se sentía en la Luna.
Ahora hablamos de una isla que se está muriendo en directo. Trump se ceba con ella “por diversión”, como hacía con la isla iraní de Jarg. Cuba, a 90 millas de Cayo Hueso, ya en los huesos, está viviendo sus horas más críticas.
Pero siempre que pudo tendió la mano a la Casa Blanca, como en aquellos versos de Martí, que solía recitar mi amigo el historiador Julio Hernández: “Cultivo una rosa blanca,/en julio como en enero,/para el amigo sincero/que me da la mano franca./Y para el cruel que me arranca/el corazón con que vivo,/cardo ni ortiga cultivo:/cultivo una rosa blanca.”
La semana pasada fue imputado por EE.UU. Raúl, el único vivo de los dos hermanos Castro. Lo acusan de ordenar, hace 30 años, el derribo de dos avionetas con cuatro muertos, y Trump le ha puesto un portaaviones enfrente como a Maduro.
A Marco Rubio, el secretario de Estado, de origen cubano, Trump lo quiere contentar entregándole Cuba, pese a que no tiene petróleo ni tierras raras. Es un asunto personal. Rubio culpa del infierno de Cuba a GAESA, la poderosa empresa (militar) de Estado, y ofrece 100 millones en ayuda a cambio de elecciones. Quid pro quo. No estamos ante el duelo Kennedy-Fidel y el desembarco de Bahía Cochinos en el 61, ni en la crisis de los misiles del 62. Cuba tenía a la URSS, ahora está sola.
Silvio Rodríguez pidió al Estado un Kalashnikov para defender la isla si Trump la ataca. “Se quebró la cáscara del viento”, dice el cantautor en Fusil contra fusil. Y Cuba desempolva sus viejos misiles soviéticos. Las dos cosas oponen la dignidad a la arrogancia. ¿Soportará EE.UU. el repudio internacional por un baño de sangre en una isla a oscuras, muerta de hambre, enferma?En los 90, cuando se desintegró la URSS, Cuba se quedó sin petróleo. En l
os 2000 la Caracas de Chávez reemplazó a Moscú. Hace cuatro meses, cayó Maduro, y Trump cerró el grifo.
Clinton y Fidel se dieron la mano en Naciones Unidas. En 2011, el Comandante me confesó, en una entrevista en La Habana, que Clinton y él eran “amigos y confidentes”. Fue una primicia.
Poco después, Barack Obama abrió la mano con Raúl Castro y se restablecieron las relaciones diplomáticas. Obama fue el primer presidente de EE.UU. en 88 años en visitar La Habana. No acabó con el embargo, pero hizo lo que se llamó el deshielo cubano. Cuando llegó Trump, lo revirtió con hierro candente.
Ahora, Díaz-Canel mira a lo lejos a ver en qué quedan las negociaciones de Irán. Después le toca a Cuba, ya al borde de la opción cero. Nuestra parienta lejana está en las últimas. Me pregunto por qué no hemos acudido en su ayuda desde Canarias. Cuando Cuba era modelo en educación, sanidad y nutrición infantil presumíamos de parentesco.
Hace tiempo que las fotos de Cuba son las de una isla famélica de noche cerrada. Casi setenta años después de la Revolución, la visitó el jefe de la CIA, la agencia que trató de asesinar a Fidel centenares de veces. Trump la quiere convertir en la Cuba de Batista, el paraíso del juego de los EE.UU., si no lo remedian, en noviembre, las elecciones de medio mandato.
Rebobino hasta 1979 y me veo junto a Raúl Castro, que tenía 48 años (hoy tiene 94) y era ministro de Defensa. Yo era un jovencísimo periodista andando por la sala del plenario del Palacio de Convenciones, repleta de líderes del Tercer Mundo, en la VI Cumbre de Países No Alineados. “¿De dónde eres?”, me preguntó Raúl al pasar por el pabellón de Cuba. Y cuando supo que era canario, dijo, “entonces, ¿conoces a Cubillo?”. A su lado, estaba Carlos Rafael Rodríguez, el zar económico de la Revolución. Raúl tenía fama de áspero, pero no paraba de bromear conmigo. Vio a Fidel al fondo y me incitó a ir como picándome. Pero Arafat se adelantó y se agolparon decenas de líderes. A la cumbre asistían Saddam Hussein, Gadadi, Samora Machel, Robert Mugabe, Joshua Nkomo…, hasta un centenar. Y estaba, solemne como una efigie, Tito, el mítico mariscal yugoslavo, de 87 años, poco antes de morir.
En aquel viaje conocí y entrevisté a Vilma Espín, que presidía la Federación de Mujeres Cubanas. Raúl y ella tuvieron cuatro hijos. Uno de los nietos, Raúl Guillermo Castro, apodado El Cangrejo, porque nació con seis dedos en una mano, es quien negocia ahora con Marco Rubio en secreto el porvenir de la isla y de su abuelo. Es su nieto favorito, su escolta, su sombra y sus oídos.
