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tribuna

El arte de recibir

En el archipiélago canario, el turismo es el motor indiscutible de la economía, el pulso que marca el ritmo. Y, sin embargo, durante años se ha subestimado la profesión de quienes sostienen esa industria en el día a día, como si su aportación se limitara a “atender” o “servir”. Esa mirada es injusta y, además, es mala estrategia.

En la parte más visible está, por ejemplo, la figura del camarero, auténtico embajador de nuestra identidad. Este trabajo no exige sólo buena voluntad: exige técnica, psicología y resistencia. Requiere conocimiento del producto, criterio, idiomas, coordinación, capacidad de anticipación y una gestión emocional que, en segundos, puede transformar una queja en fidelización. No es “servir mesas”: es dirigir una experiencia.

Y no podemos quedarnos solo en la sala, la excelencia canaria se defiende en muchos más escenarios: la limpieza impecable que transmite seguridad, el orden que da calma, el mantenimiento que evita problemas antes de que existan, la cocina que sostiene el ritmo, la recepción que gestiona expectativas, la animación, y otros tantos. Ahí también hay estándares, responsabilidad y una exigencia física y mental que no admite romanticismos.

Si el turismo representa en torno al 37% del PIB regional, el mensaje es claro: una parte enorme de lo que generamos depende, de forma directa o indirecta, de cómo se siente quien nos visita.Un profesional hotelero no solo atiende: protege reputación, sostiene el destino y marca la diferencia frente a alternativas emergentes. La importancia de esa profesionalidad es directamente proporcional a su impacto económico.

La experiencia del huésped es una suma. Si una parte falla, el resultado se resiente. Si todo encaja, el cliente no solo descansa: confía. Y esa confianza se traduce en repetición, recomendación y reputación.

Llevo más de veinte años trabajando en la dirección de departamentos de Recursos Humanos en distintos sectores, y este último año y medio en el sector de la hostelería me ha confirmado algo muy claro: aquí el talento no es solo carisma o don de gentes. Aquí el talento es oficio. Y el oficio se construye con formación, método, estándares, carrera profesional y respeto. No hay excelencia sostenida sin equipos preparados y reconocidos.

Como siempre escuché decir a mi padre, que dirigió durante su vida profesional importantes establecimientos hoteleros de Canarias, lo más importante es la excelencia en el servicio, y eso no es fruto del azar. La profesionalización implica idiomas, conocimiento de la cultura local, nociones de gastronomía y, sobre todo, la capacidad de sostener la calma cuando el entorno va a mil. Esa preparación otorga dignidad al empleo porque lo convierte en una carrera con trayectoria y prestigio, lejos de la visión del trabajo de paso.

Por eso, la dignidad en el empleo hotelero no es un eslogan: es una necesidad estratégica. Es apostar por el futuro de la principal industria de las islas. Porque en Canarias no vendemos solo camas y desayunos: vendemos una manera de recibir.

Es hora de mirar al hotel no solo como un lugar de consumo, sino como el escenario donde se defiende la excelencia canaria. Y esa excelencia tiene nombre: profesionalidad. Y cuando se reconoce como merece, tiene otro todavía más importante: dignidad.

*Directora de Recursos Humanos de Luxury Tenerife Hotels / Igs Ingenieros SL

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