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El gallo de la Plaza de Abajo

El gallo, rubio, emplumado y hermoso, de la Plaza de Abajo lagunera se recupera en Valle Colino de los ataques de un perro. O mejor, de su perverso dueño, que azuzó al inocente animal contra el giro real de la novela de Elfidio y contra el gallo albino de la mía, Los gallos de Achímpano. El gallo de la Plaza de Abajo es ya tan famoso, o más, que el gallo de Morón, que tiene una estatua en Morón de la Frontera. Un gallo es el símbolo de Francia y en Portugal venden en los puestos callejeros la figurita de un pollo que cambia de color con los avatares del tiempo. Mis camisas se salpicaban de sangre cuando, de niño, mi padre me llevaba a las peleas de gallos en el Teatro Topham; por eso ahora las detesto. No me gustan las riñas entre animales, ni las corridas de toros, ni nada que haga a los animalitos sufrir.

El gallo de La Laguna se había convertido en un símbolo y en estos días la gente hace cola en el ambulatorio animal de Valle Colino para comprobar su mejoría y por eso han prohibido las visitas. Pepe Benavente cantó al gallo, en vez del gallo cantarle a él, lo cual es una realidad a la inversa o algo así. El gallo debería ser el símbolo de La Laguna y tendrían que llevárselo de vez en cuando al santuario del Cristo, para que se le alegre al crucificado esa cara de tristeza.

En la iglesia de Santo Domingo de la Calzada hay una jaula sobre el altar mayor con un gallo y una gallina, vivos. Los cambian de vez en cuando, para que no se aburran, pero allí viven los dos divinamente. Es una tradición que se ha respetado. Por eso al gallo de la Plaza de Abajo (mal llamada del Adelantado) hay que darle un destino en lo universal, ahora que viene el papa. Ay.

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