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El godo

El godo, en su simpleza, tiene a Canarias como un paraíso. Y a lo mejor lo es. Antañazo, los alféreces de las Milicias Universitarias elegían como destino Canarias porque las mujeres tenían fama de guapas, y a veces de ricas, y así se casaban con ellas, daban el braguetazo (no sé si este será un palabro machista) y hacían el nido aquí. Algunos de estos godos salieron buenos, a otros habría que cantarles la canción de Braulio, aquella que decía “mándate a mudar”. Con motivo de la estancia del barco chungo, cuya estadía a distancia de fondeo ha sido magnificada, se ha demostrado que a Canarias se le tiene poco respeto por parte de España, pero el asunto es endémico y no hay que darle muchas vueltas. No tenemos capacidad para ser independientes porque tampoco somos capaces de llevarnos bien entre nosotros. Yo me siento muy bien aquí, donde está establecida mi familia a raíz de la conquista. Tengo todo el árbol genealógico a la disposición del desocupado lector. Según Juan Régulo y Paco García-Talavera, descendemos de menceyes y de nobles portugueses, lo cual me enorgullece enormemente. Esta mezcla de sangre dio lugar a una familia, en la que ha habido -y hay- algún que otro imbécil, yo el primero. Pero me da pena, en aras del arraigo y del amor por la tierra, que se burlen de nosotros y que no tengan respeto a nuestros naturales y a nuestros intereses económicos (el turismo), a pesar, ya digo, de lo exagerados que han sido ciertos medios con el asunto del hantavirus del Hondius, variedad andina o como coño se llame. Hay saber posicionarse siempre y yo creo que Clavijo lo ha hecho bien, para que no se reproduzcan episodios pasados de cuando el covid. Dice la OMS, en la que no creo, que estamos esperando la gran pandemia, que ellos llaman X, pero no será esta vez. Tampoco compremos todos los boletos.

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