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tribuna

El Magreb: el frente estratégico olvidado de España

Es evidente que la Guerra es un fenómeno que fuerza la Política, cuando esta no tiene recursos ya para conseguir sus fines, que por otra parte en estados tradicionalmente de derecho tiene como finalidad suprema el bien común de la comunidad administrada. España no mira al Magreb con la profundidad estratégica que exige su propia geografía. Y, sin embargo, en esa franja del norte de África, inestable, demográficamente expansiva y cada vez más condicionada por actores externos, se está decidiendo en gran medida la seguridad futura de Canarias y del sur de Europa.

El Magreb, integrado por Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Mauritania, presenta una aparente unidad geográfica, pero profundas fracturas políticas, económicas y sociales. La debilidad institucional, la corrupción y la presión demográfica configuran un escenario de inestabilidad estructural que trasciende sus propias fronteras. En este contexto, Libia se ha convertido en el principal foco de desorden regional desde la caída de Muamar el Gadafi en 2011. Su fragmentación política y territorial ha facilitado la expansión de redes yihadistas hacia el Sahel, generando un arco de inestabilidad que conecta directamente con las rutas migratorias hacia Europa. Pero el eje central del equilibrio magrebí sigue estando en la rivalidad entre Argelia y Marruecos. Dos potencias regionales enfrentadas desde su independencia, con visiones estratégicas opuestas y una competencia permanente por la influencia en el norte de África.

Esta tensión condiciona no solo la estabilidad regional, sino también las relaciones de ambos países con España. En el caso de Argelia, las recientes tensiones diplomáticas con nuestro país, derivadas del giro español respecto al Sáhara Occidental, han puesto de manifiesto la fragilidad de una relación clave, especialmente en el ámbito energético. Aunque se ha producido una cierta normalización, los efectos económicos y políticos de aquella crisis aún perduran. Por su parte, Marruecos mantiene una estrategia sostenida en el tiempo, basada en la proyección de su influencia política, económica y territorial. Sus movimientos en relación con el Sáhara Occidental y la exploración de recursos en aguas próximas a Canarias evidencian una política exterior activa, coherente y orientada a sus intereses nacionales.
En este escenario, Mauritania adquiere un protagonismo creciente como plataforma de salida de la inmigración irregular hacia Canarias. La denominada ruta atlántica se ha consolidado como una de las más peligrosas y activas, con un flujo constante de migrantes procedentes no solo del propio país, sino también del Sahel. La respuesta de la Unión Europea ha sido clara: externalizar el control migratorio mediante acuerdos económicos y de cooperación con países de tránsito. La reciente implicación europea en Mauritania, con apoyo financiero incluido, responde a esta lógica de contención en origen. Sin embargo, esta estrategia, aunque necesaria, resulta insuficiente si no se acompaña de una visión global y a largo plazo. Porque el verdadero problema no es solo migratorio. Es geopolítico.

España, por su historia, su posición y sus intereses, no puede permitirse una política reactiva en el Magreb. Canarias, en particular, constituye una frontera avanzada de Europa en el Atlántico, directamente expuesta a las dinámicas del Sahel y del África occidental. El Magreb ya no es únicamente nuestro vecino. Es nuestro frente estratégico inmediato. Ignorarlo, o limitar su gestión a episodios puntuales de crisis migratoria, es un error que España y Europa pueden pagar caro en los próximos años. Canarias será, sin duda, el primer indicador de ese acierto… o de ese fracaso.

*Coronel del Ejército de Tierra (R.)
Técnico Superior de Inteligencia
(CESID-CNI). Máster en Análisis del Terrorismo Yihadista (UPO
Miembro de la Asociación Española de Militares Escritores

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