Addoor Sticky
tribuna

El virus a bordo

En enero de 1832, no dejamos desembarcar a Charles Darwin en Tenerife por sospechas de cólera a bordo del célebre Beagle. Ahora, solo autorizamos a fondear en el sur al MV Hondius, con un virus que ha causado ya tres muertes. Este thriller ha acallado todos los ruidos, en una sociedad tan estridente como la nuestra. Y la guerra que nos concierne es la que se libra en nuestras narices contra ese diminuto enemigo, el hantavirus.

Un crucero con 23 nacionalidades ha navegado bajo todas las miradas. Sus muertos recuerdan tan vívidamente a los de 2020, que el Hondius ha surcado el Atlántico como un fantasma de la pandemia.

De lo último que queríamos oír hablar era de un virus contagioso, alojado en los camarotes de un barco antártico fondeado desde hoy en aguas del puerto de Granadilla. Cuando hizo escala en Praia (Cabo Verde), la OMS (“Esto no es otro covid-19”, tranquilizó ayer en una carta a los canarios su director general, Tedros Adhanom) pidió la ayuda de las Islas, como puerto más cercano de la UE, pionero en el estudio de patógenos, que cuenta con una unidad de aislamiento en la Candelaria. Las palabras solidaridad y miedo salieron a su encuentro.
En una ocasión sentí las dos cosas a bordo de un barco de Trasmediterránea, que cubría la línea Tenerife-Cádiz. De madrugada, dos marineros murieron apuñalados, y el sospechoso, un polizón exlegionario, podía encontrarse a bordo, oculto, cuando se organizó su captura, en la ida y en la vuelta, que cubrí para El País. Nunca dimos con él y unas manchas de sangre en la popa abonaron la hipótesis de su fuga a nado.

A este virus se le busca a ciegas, como al SARS-CoV-2, y no hay consenso sobre su potencial contagioso. En un bar de la Rambla escucho a alguien que comenta, a bote pronto, “por qué no los meten a todos en un avión y se los llevan”. Era viernes, y el crucero avanzaba lentamente hacia Canarias.

En un cumpleaños en Argentina, en 2018, una sola persona inició un foco de este virus de los Andes, hubo 34 infectados y 11 muertos. La mala noticia es que esta variante se transmite entre personas, la buena es que tiene un límite de contagios, un dead end. Los primeros días, no había todavía información, sino miedo. Y Basilio Valladares, cuando lo llamé, estaba averiguando la cepa, para calibrar los riesgos. Acababa de incorporarse la palabra hantavirus a nuestro vocabulario. Canarias aceptó, bajo condiciones, la llegada del barco. Marruecos se negó a que repostase un avión con pacientes evacuados, y obtuvo luz verde en Gran Canaria. Creo que nos honra haber dicho sí a salvar vidas, como no a las bases para la guerra.
Si algo no podía faltar era la bronca. Me llamó mucho la atención la rivalidad del PP con la ministra de Sanidad, Mónica García, de Más Madrid, la némesis de Ayuso. El primer día, espetaron a Sánchez, “apártela, no nos fiamos de ella”, como copiando al poeta: “España, aparta de mí este cáliz”. “Todo es un absoluto caos”, dijeron antes de que se aplicaran los protocolos, en una torpe crítica preventiva.

Los epidemiólogos buscan a Wuhan en un basurero en Ushuaia, de donde zarpó el Hondius. Un matrimonio de holandeses jubilados, los primeros en morir, recorrió zonas de la Patagonia avistando aves, y llegó a ese vertedero, donde habría roedores. Pero es posible que el virus les asaltara en Neuquén, provincia de Argentina, donde el ratón colilargo transmite la enfermedad, sin control de la OMS, de la que Milei desvinculó a su país.
En enero de 2020, un turista alemán que dio positivo en La Gomera fue el primer caso en España del coronavirus del murciélago chino. Ahora, los ratones de Milei nos suscitan de nuevo el temor de los virus zoonósicos, que se contagian humanamente. Regresa la jerga de la cuarentena, los contactos estrechos, las distancias de seguridad… Y Tedros Adhanom Ghebreyesus (OMS) viaja a Tenerife con los ministros Mónica García, Marlaska y Torres, porque esta vez el virus va en un barco que fondea en la isla. En la cubierta, los pasajeros siguen haciendo orniturismo, atisbando pájaros con el teleobjetivo. Se muestran serenos, pero al influencer Jake Rosmarin se le quebró la voz en un vídeo grabado a bordo.

Tengo recuerdos del ébola africano de 2014, con las misiones de la Cruz Roja y Médicos Sin Frontera en un puente entre las Islas y Liberia, Guinea y Sierra Leona. En Las Palmas, un tripulante de un barco dio negativo. La Candelaria y el Doctor Negrín eran centros de referencia, y varios casos con fiebre que procedían de las zonas de riesgo no fueron de ébola, sino de malaria. A Madrid evacuaron a dos religiosos, que fallecieron. En África se contaban por miles los muertos.

De lo que se desprende, ante esta nueva contingencia, nuestro rol de base logística humanitaria, en la vanguardia del estudio de las enfermedades tropicales. Y cuando no es el ébola es el hantavirus el que toca a nuestra puerta.

TE PUEDE INTERESAR