tribuna

Garachico susurra en la voz de Carlos Acosta

Hay libros que se leen y otros que se recorren como quien camina lentamente por las calles de un pueblo querido. Eso ocurre con La otra historia de Garachico, de Carlos Acosta García, una obra que, desde sus primeras páginas, atrapa al lector y lo invita a mirar desde una perspectiva distinta, íntima y profundamente humana. Confieso que, desde hace años, cada vez que regreso a Garachico, termino reencontrándome también con la escritura de Acosta. Su extensa labor, construida a lo largo de décadas, resulta ya inseparable del amor que siente por este rincón del norte de Tenerife. Publicado en el marco de las actividades desarrolladas con motivo del V Centenario de la Villa y Puerto en 1996 y editado por la Asociación Deportiva y Recreativa El Roque, el libro reúne una docena de capítulos que combinan historia, tradición oral y memoria popular. Sus cerca de cincuenta páginas, acompañadas de imágenes, poseen además un indudable valor pedagógico. No en vano, las décadas de Carlos Acosta como maestro laten en cada capítulo. Su manera de narrar convierte cada episodio en una pequeña lección cargada de cercanía y sensibilidad. El lector descubre así la leyenda de aquella supuesta calle de mármol desaparecida tras la erupción volcánica de 1706; se adentra en los misterios que rodean a las estatuas orantes del convento franciscano y comparte las dudas e hipótesis sobre su origen y destino. También hay espacio para la emoción y la tragedia, como sucede al recordar el devastador diluvio del 11 de diciembre de 1645, cuando la corriente arrastró vidas e historias, dejando como símbolo del dolor las zapatillas de seda de una novia desaparecida. Destacan episodios como el derrame del vino de 1666; la historia del fraile asesinado y la búsqueda de su verdugo; la fuga de una monja concepcionista; o la estancia del general Alfredo Kindelán en Garachico durante varios meses en 1946. También hay espacio para la búsqueda del galeón María Galante y para relatos en los que la fe y lo milagroso encuentran refugio, como ocurre con la intercesión de San Martín de Porres en la curación de un niño de Garachico en 1956. Con la sensibilidad de quien conoce y ama profundamente su tierra, Carlos Acosta logra convertir la historia de Garachico en una emoción viva, haciendo que el lector no solo descubra la Villa y Puerto, sino que termine habitándola entre sus páginas.

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