Ante el ruido de la ruina y de la tragedia los seres vivos se distancian de la destrucción. Eso ocurre con las flores, que crecen en el desierto o en las lomas más sublimes del Teide, a tres mil metros de altitud. La vida no se negocia, la vida siempre se impone. Pero somos humanos y nuestras cualidades se apostan muchas veces en el revés. De eso precisó hablar, en reunión selecta, la carismática, inteligente y sabia reina Bethany Princeton. Porque reclamaba para sí interpretar el pavor que ante los nacidos auspicia la desgracia dicha que arruina a las almas, que hace tragar el sabor más horrendo de la amargura y de la crueldad. ¿Qué es la cosa más horrible que los humanos podemos perder?, preguntó la adusta. Hubo quien respondió los padres a temprana edad y soportar la orfandad en ese tiempo o incluso la demora de la hacienda por semejante desaparición. Y hablaron de los que pierden la fortuna y se vuelven pobres hasta la mendicidad. La reina no rechazó el concilio ni disuadió las conclusiones. Categóricas, dijo, pero comunes. Las pérdidas más intolerables no son aquellas que someten a los parientes viejos o al tener, son aquellas que desarman al ser. Por eso contó su historia. Ocurrió en una noche florida, bella por el primor calmo de la brisa y por los suspiros de las flores moribundas. El cielo se contemplaba enhiesto por la luna y la calma luz cegaba a las riberas, los campos y la playa. Y en la estampa consecuente del cosmos surgió él. ¿Para qué?, le preguntó, si jamás la visitara. Para que sepas quien en verdad eres. Y procedió: sacaré de tu sustancia y me lo llevaré a los infiernos el honor; entraré en tu aliento y arrastraré hasta lo profundo la dignidad; intervendré contra la cognición y la sabiduría desaparecerá de tu lado; igual que no alzarás jamás ya discursos graves, como juiciosa majestad que eres. Dejarás de conceder valor al pensamiento y la ignorancia, afirmó Leviatán. La consecuencia del decoro ante los otros y la concisión de ti misma se perderán. “Todo ello me lo robó, no por acuerdo o infortunio, por el magisterio del mal”. Pidió concilio, por precio fijado, al hechicero Bokuk Kakik. Volvió a recuperarse. La historia fue precisa, amén de justa, pero no convenció del todo a los distinguidos. La afligida madre se reveló. La peor tortura de este mundo, dijo, es que los hijos te adelanten en la muerte, que el suicidio maléfico haga que tu descendencia de 24 y 26 años muera en el mismo momento y para siempre. Y ello no arruina por la ausencia, que es atroz, sino por lo que confirma: que tus vástagos fallecidos se adueñen de tu memoria, instante por instante, para toda la existencia. La reina no suspiró ni sonrió como en otras ocasiones. Suspendió sus invenciones y satisfizo a la víctima con un silencio grave. Previó salvarlos de la soledad en el palacio, pues tenían razón.
