Cuenta la historia que no siempre la justicia tiene razón. Y en ese aserto se detuvo José Rodríguez para poner cada piedra en su lugar. Arguyó que eso del robo que se le imputaba era una exageración y un infundio. Pues el dinero existió, estaba donde estaba pero las manos que lo tocaron no eran sus manos. Luego… El juez fue taxativo. Cierto que sus manos no fueron las protagonistas del desfalco; sí es cierto y probado, sin embargo, que usted fue el beneficiario. ¿Se prueba?, preguntó. Sí, acusó, usted el afectado, fue el depositario de lo que la mano inocente sacó del lugar donde se encontraba. A lo que se defendió el culpado. Dijo: la justicia es la piedra angular de los nacidos a lo largo del tiempo. Así lo probaron los griegos son sus proto-abogados (los logógrafos) y así lo probó Roma con el Derecho Romano. Ello es lo que nos distingue, pero solo se pena por la ley no por las sospechas. Y ante la norma, la constatación. No se puede acusar ni condenar a un inocente. ¿Por qué estaba allí ese infante?, preguntó el juez. Y el probo respondió que las pruebas del mundo no siempre son pruebas para la justicia, que si alguien se encuentra en Japón es imposible que mate en Londres. El asunto es el crimen no el lugar donde se encuentran los individuos. Se apreciaba allí porque el universo espera cuando lo sustancial se cumple y no puede probarse lo contrario. Por demás, se trata de dinero sin dueño. Del estado, afirmó el magistrado. ¿Porque los delincuentes no se dejan ver por temor? ¿Por qué no es del ciudadano ejemplar que se lo encontró? ¿Por qué sabía el juez que no había tocado el dinero? Por la estrategia manifiesta, el vídeo que aportó como prueba. De modo que la vista se suspendió, hubo de suspenderse. Robo que en el estricto sentido del término no era robo y dueño de un dinero del que no era el dueño. Ahí estaba, sin que el derecho pueda tocarlo hasta que haya sustancia fidedigna. Así visto, la destreza había salvado de la cárcel a José Rodríguez. Por eso el inculpado recordó el ardid. La guardia civil paró en la carretera a un ciudadano para hacerle la prueba de alcoholemia. Positivo. Imposible, manifestó el afectado, el aparato está roto. “Hágale la prueba al niño”. Hecho. Positivo. Continúe su camino, manifestó el agente. El susodicho arrancó el motor y continuó la marcha. En el coche la pregunta fue manifiesta: “¿Tú ves lo que hubiera ocurrido si no le hubiésemos dado la copa de coñac al niño?”, le afeó a su mujer. ¿Qué pondera la relación humana con la justicia, la ecuanimidad o las trampas? Para los seres comunes los hechos incuestionables, para los eximios griegos y romanos (que se salvaron incluso de crímenes) el ingenio.
