La editorial Akal ha publicado Un poeta en la historia. Vida de Miguel Hernández, obra de Mario Amorós. Gracias a documentos inéditos rescatados del Archivo General Militar de Ávila, el historiador y periodista desvela los intentos de Pablo Neruda, a través del diplomático chileno Germán Vergara, por salvar a Miguel Hernández de la muerte, mejorar sus condiciones de vida en prisión e intentar su traslado al sanatorio penitenciario de Porta Coeli, especializado en el tratamiento de la tuberculosis. Pero los afanes llegaron tarde: el 28 de marzo de 1942, a los 31 años, fallecía en la cárcel de Alicante con los pulmones agujereados.
Conmutada la pena de muerte, se le condenó a treinta años de cárcel “para no perjudicar la imagen de la Dictadura”. Su pecado: voluntario del Ejército rojo, miembro activo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, autor de numerosas poesías, crónicas y folletos de propaganda revolucionaria…
Malditos desastres de la guerra y bendito, pese a todo, el buen corazón de El hombre acecha (1937-1939), libro que el poeta oriolano dedicó a Neruda: “El odio se amortigua / detrás de la ventana. / Será la garra suave. / Dejadme la esperanza”.
Si el bacilo de Koch no hubiera truncado la existencia de Miguel Hernández, las letras hispanas serían hoy más ricas y sentidas. Murió demasiado joven sin fortuna y consciente de sus tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida, las que dejó en verso en el Cancionero y Romancero de ausencias (1938-1941). Su vivir se alineó con la fatalidad. Su destino, escribió, apuntaba a un sino sangriento: “Me dejaré arrastrar hecho pedazos, / ya que así se lo ordenan a mi vida / la sangre y su marea, / los cuerpos y mi estrella ensangrentada. / Seré una sola y dilatada herida / hasta que dilatadamente sea / un cadáver de espuma: viento y nada”.
Pese a las malas sombras, con el poeta de Orihuela se quiere a la vida. Conmueve su canto, conmueve el amor de incontables versos de vida y muerte. Y dolor. No hay dolor sin vida ni muerte. Inmensa la Elegía a Ramón Síjé: “Daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento”.
Hambre, rencor, palideces, desencantos. Su lugar en el rastro de los días estuvo marcado por una infancia entre cabezas de ganado, el clasismo de los jesuitas en el colegio de Santo Domingo, la decepción perenne (“Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con la lengua cuanto lame”) y el amor a su mujer, Josefina (“morena de altas torres, alta luz y altos ojos”), y a su hijo, Manuel Miguel, para quien será la paz de sus anhelos. Imposible no plegarse al resplandor del seguir viviendo.
Rayo que no cesa. También en estas islas el del trovador Rubén Díaz junto a sus compañeros del alma y del Grupo Poemus: Fernando Senante y Carlos Pinto Grote. Los tres no se entienden sin las tres heridas del poeta. Acercarse a Miguel Hernández es recordar el espectáculo que le dedicaron con ocasión de la celebración en octubre de 2010 de los cien años de su nacimiento. El trabajo con tuétano y el carácter, como la buena simiente, quedan.
Desempolvo de Pinto Grote el recital de Pedro Gonzaga, ese hombre insignificante prisionero de desventuras y del sempiterno amor, como cualquier última canción o canción primera. Y remuevo a Fernando Senante y me agarro a sus deseos, querencias y postreros silencios.
Parece que nos persiguieran siempre los tristes reflejos de una inacabable sociedad trágica: “¡Ay, España de mi vida. / Ay, España de mi muerte”.

