El 18 de agosto cumpliré, si llego, 79 años. Cada vez que voy a un médico me encuentra algo, aunque yo opino que nada preocupante. Soy, aunque no lo parezca, un viejo carrucho, pero me mantengo muy lúcido, sé más cosas que de joven y reacciono con humor a los comentarios que los demás hacen sobre mí. Desde el covid no camino, me he encerrado en mi casa y sólo salgo para ir a Los Limoneros, para almorzar los domingos con la familia, para desayunar con mis hijas y para poco más, incluidas agradables cenas cercanas con amigos. Lo disfruto, pero donde me hallo mejor es tumbado en el colchón que me regaló Alexis Amaya, un espléndido Colossus de Dormitorum, y en el sillón retapizado y cómodo desde el que me repontingo para ver la televisión. Me sé de memoria todas las series, puedo recitar diálogos de muchas películas y voy recopilándolo todo para luego no contar nada. Algunos ya no se me ponen al teléfono. El otro día vino Alberto Segura para llevarse mi stock de libros propios -he publicado exactamente 33-, o sea que a los peticionarios habituales les ruego que no me den el coñazo y que se dirijan a las tiendas de Alberto, que ya no se llaman El Cinematógrafo, sino que ahora les ha puesto un nombre inglés. Los vende baratos. Todavía conduzco, pero odio ir a Santa Cruz, una ciudad antipática y caótica. Hasta el inocente Casino de los Caballeros ha soportado la presión de la Gerencia de Urbanismo, a instancias de un vecino incordio, según leo. A pesar de mi vejez, escucho mosquitos en el horizonte, o sea que sordo no me voy a quedar. Veo bien, pero la muerte siempre está acechando tras la esquina. ¿Y qué más da? Ya saben: todos los ríos van a parar al mar, que es el morir.
