“Tengo casi 60 años, ¿dónde voy? Llevo tres en la calle, me echaron de mi alquiler porque decidieron subir el precio de 500 a 1.200 de un mes para otro, sin explicación; desde entonces perdí mi trabajo y adiós a todo. No puedo mantener un empleo, tengo muchos problemas de salud, me cuesta caminar, respirar, me cuesta todo, mi vida se acabó… ahora solo pienso en sobrevivir cada día en la calle y que la gente no me moleste, como yo no molesto a nadie”.
La declaración, incluida en el último informe de Cáritas sobre exclusión residencial extrema en la Isla, la firma un varón residente en el sur de Tenerife. Un grito desesperado y resignado que retrata una realidad agudizada en los últimos años por los alquileres desbocados y la falta de viviendas sociales, dos factores que siguen empujando a la exclusión residencial a cada vez más gente en el Sur, como constatan varias organizaciones humanitarias consultadas por este periódico.
Los poblados de chabolas, los barrancos y las calles reflejan una preocupante realidad social que obliga a trabajadores sociales, ONG y colectivos solidarios a multiplicar su labor. Cáritas destaca el “significativo aumento” de los “asentamientos informales” de chabolas ocupadas por personas en situación de alta vulnerabilidad, pero también advierte sobre las noches al raso en tiendas de campaña en espacios públicos y de quienes malviven en viejas autocaravanas o coches destartalados.
José Antonio Díez, coordinador de los estudios sobre exclusión residencial extrema de Cáritas, confirmó a este periódico el aumento de personas “con recursos” que en condiciones normales jamás recurrirían a las ayudas sociales. Ante la imposibilidad de acceder a una vivienda no les ha quedado otra que la alternativa alojativa de la autocaravana.
“Muchos tienen trabajo y con remuneraciones significativas como el funcionariado. Nos encontramos con personas que no pueden destinar el 50 o el 60% de sus ingresos a pagar un alquiler y optan por comprarse una autocaravana por 50.000 euros y pagar una cuota mensual de 500 o 600 euros, que sería un coste razonable que sí pueden afrontar”, explicó Díez.
Quienes no pueden permitirse la compra de una autocaravana, acaban en vehículos desvencijados o abandonados: “Son personas de alta vulnerabilidad con ingresos muy básicos que terminan en autocaravanas muy precarias, en las que tienen filtraciones o el baño ya no funciona. Esa es la realidad que más se repite y nos estamos encontrando en los últimos dos años”.
En el caso de las personas en alta vulnerabilidad sin recursos existe un perfil que responde a un patrón: varón nacional con una edad superior a los 45 años y que reside solo, advierte Cáritas, que subraya la elevada tasa de enfermedades: el 40% presenta algún problema de salud o el diagnóstico de una patología crónica.
En cambio, no existe un prototipo específico en el contexto de la exclusión residencial, apunta Díez. “Hay unidades familiares enteras con menores incluidos, migrantes y nacionales; el panorama es muy variado porque cada persona es un mundo, tiene su propia historia detrás, pero las dificultades que tienen todos para salir de esta situación son las mismas”.
El coordinador de los estudios sobre exclusión residencial extrema de Cáritas lamenta “la carencia importante, desde hace mucho tiempo, de políticas que creen estructura tanto para el problema generacional en que se está convirtiendo la vivienda como la vulnerabilidad de las personas que están en situación de calle”.
José Antonio Díez echa en falta planes estratégicos municipales – sobre todo desde que entró en vigor la ley de Servicios Sociales en 2019 – que impulsen las infraestructuras necesarias para afrontar esta situación. “Por eso, los ayuntamientos también están saturados”, puntualiza.
Otras ONG consultadas consideran una “temeridad” el bajo número de viviendas sociales construidas en los últimos 20 años y reclaman “medidas paliativas urgentes”, entre ellas la habilitación de viviendas prefabricadas para sacar de la situación actual a quienes la suerte les ha dado la espalda y ha condenado a sobrevivir en una cueva, un barranco, una chabola o una tienda de campaña.

