El famoso concierto prohibido a Lluís Llach en Tenerife era uno de los episodios que José Antonio Pardellas contaba con cierto deleite de su etapa radiofónica más peligrosa. Había desafiado la férula del régimen más de una vez, pero entonces lo llamaron a Comisaría.
Y en ese período de dictadura y restricción de la palabra, que hoy nos resulta ajeno, pero nunca irreversible, José Antonio, el amigo y compañero que ayer dijo adiós con 88 años, tenía claras las cosas que había que hacer, costara lo que costara. Lo recuerdo de jefe de programas de RNE y más tarde al timón de la casa pública con esa entereza que me hacía tenerle tanto respeto y admiración. Había sido un pionero del periodismo audiovisual en este país, tenía en su haber un Ondas, el Premio Canarias y el Premio Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS. Y era un curioso y pionero que amaba la Historia, del territorio de la isla a la isla interior.
En los albores de la tele, de TVE en Canarias, entró en todos los hogares y se convirtió en un rostro mediático. En los primeros años 60, cuando llegó el invento del siglo a estos peñascos, él y la tele debutaban en el Telecanarias. La pequeña pantalla inició una tímida revolución tecnológica, que ya hemos visto hasta dónde nos ha llevado. De cuando el Gran Hermano era una metáfora ficcional con apenas una década de vida literaria.
Después conocí en persona al ser idealizado, el presentador de las noticias de la tele, uno de mis primeros directores en la radio, y trabajamos juntos delante de un micrófono. Era un tertuliano culto y distendido. A veces nos ofrecía en antena un solo de armónica, que solía llevar en el bolsillo.
Conversar con Pardellas y Gilberto Alemán todas las mañanas en el Tajaraste que conducía Puchi Méndez en Radio Club era una delicia, porque los dos eran pozos de sabiduría y gerenciaban los piques como el condimento fundamental de esas veladas. Luego repetimos la fórmula en Teide Radio, de DIARIO DE AVISOS, en la terraza del Mencey, con Leopoldo Fernández. Siempre había en Pardellas un gusto exquisito por las cosas bien dichas, el cultivo de la oratoria. Porque era de la escuela de los locutores de voz educada y respiración diafragmática.
Todo el mundo sabía que había sido el padre de una famosa coletilla radiofónica, una hora menos en Canarias, que introdujo con Luis del Olmo en Protagonistas y con Eduardo Sotillos en Para vosotros, jóvenes. La década de los 60 fue un laboratorio de aforismos de locutores ingeniosos como Pardellas cuando estaban en el aire. El latiguillo se volvió una contraseña en todos los espacios de la cadena, incluidos los informativos. Fue una ocurrencia “simpática”, contaba su autor, hasta que, en una reunión de jefes en Madrid, se llevó el estribillo a toda la programación, y arraigó de por vida como una impagable cuña publicitaria de Canarias, que en aquellos años comenzaba a vivir del turismo.
La frase data de 1969, hace de largo más de medio siglo. Cada vez que asomaba la polémica de unificar la hora peninsular y la canaria a tenor del meridiano de Greenwich, Pardellas sacaba la espada en defensa de la diferencia histórica en las señales horarias.
Para vosotros, jóvenes fue el programa musical del cambio político y, en el tardofranquismo, organizó un festival en Tenerife, en el Guimerá. El espacio era un barco fantasma navegando a su aire con los Carlos Tena, los Antonio Gómez y una tripulación de los mejores comentaristas musicales que se recuerda, y los más atrevidos políticamente. Pardellas -que presentaba Españoles en la mar- sabía de rumbos y travesías, la dictadura no acababa de extinguirse, y él era jefe de Programas de la radio pública en Canarias en 1976, el año del incidente en que el concierto se las vio con la censura del Gobierno Civil.
Así que lo convocaron a Comisaría, como responsable del medio, para comunicarle que el catalán no subiría al escenario. Pardellas no se arrugó, defendió el derecho de Lluís Llach en nombre de la libertad de expresión, que era una especie inexistente con Arias Navarro y aún faltaban unos cuantos meses para que el rey nombrara a Suárez.
La autoridad gubernativa no se retractó, y salimos a la calle en manifestación, y el intento de Enrique Fernández Caldas, rector de la Universidad de La Laguna, de que el cantautor de la nova cançó actuara en el Paraninfo se abortó también por las bravas, con la presencia policial. Caldas dimitió y Vázquez Montalbán narró después las vejaciones que sufrió Llach en el aeropuerto de Los Rodeos, donde fue expulsado a la Península como si Canarias fuera otro Estado.
A Pardellas no dejaba de sorprenderle que Llach fuera un represaliado en Tenerife aquel año en que, con Viatge a Ítaca, el álbum con textos de Kavafis (“pide que el camino sea largo…”), sería uno de los intérpretes más reconocidos en España. Aquel locutor ahora no calla. Viaja a Ítaca.
