Ya hay ríos de tinta sobre el hantavirus, el crucero de lujo MV Hondius, el rifirrafe político y demás miserias. De soberanías hay mucha menos tinta, qué casualidad, pero prometo centrarme en una preocupación más mundana.
No hay nada más transversal que la subida de los precios, que el coste de la vida. Mientras escribo este artículo el Instituto Nacional de Estadística acaba de publicar que los precios en Canarias subieron en solo un mes un 3 %. Es una locura, realmente hace que vivir sea muy muy difícil para la gran mayoría y genera un desasosiego generalizado. Lo genera no solo por los efectos directos sobre nuestra vida, por todas las cosas de las que nos tenemos que privar aunque no sean lujos y por la frustración y la rabia que nos provoca muchas veces en silencio.
No, el desasosiego no viene solo de ahí, realmente se produce por la certeza, que nos han ido colando poco a poco, de que es inevitable. Y punto. Las cosas son así y ya está. Nacimos aquí y tenemos que adaptarnos.
El mundo atraviesa una crisis energética global y las materias primas no paran de subir. Todo está caro, somos islas, estamos “lejos” y es lo que hay, toca apretarse el cinturón y dar las gracias de que siguen llegando los barcos, con o sin virus, por el muelle. Esa es la mayor mentira que nos han contado durante décadas, o tal vez sea más riguroso decir que durante siglos.
Un indicador que nos puede ayudar muchísimo a entender lo de la gran mentira es la tasa de cobertura. Explicado rápido, digamos que la tasa de cobertura comercial es la capacidad que tiene un determinado territorio para financiar sus importaciones mediante sus exportaciones. Por lo tanto, un país con una tasa de cobertura del 100 % significa que puede pagar todo lo que compra con lo que vende. Si un territorio tiene una tasa por encima de 100, significa que exporta por más valor de lo que importa y por lo tanto tiene una balanza comercial positiva. En sentido contrario, si un país o territorio tiene una tasa de cobertura inferior a cien, quiere decir que está en déficit comercial y depende del exterior para los productos que consume su población, sus industrias, sus servicios públicos, etc.
Según los últimos datos oficiales publicados, de este mismo año, España tiene una tasa de cobertura del 89,2 %. Además tiene un grado de diversificación de las exportaciones importante siendo aproximadamente un 60 % a países de la Unión Europea y un 40 % a países del resto del mundo. Con estos datos en la mano, podemos afirmar con rigor que el Estado español tiene un equilibrio comercial saneado y robusto, ya que no depende de un único socio.
En el contexto europeo en el que se encuentra España, destacan potencias exportadoras como Alemania e Italia, que impulsadas por su industria manufacturera poseen tasas de coberturas holgadamente por encima del 100 %. Irlanda, a pesar de ser un territorio insular, también se encuentra por encima de esa cifra gracias al sector farmacéutico y tecnológico.
En nuestro contexto geográfico tenemos a Senegal, que ha conseguido revertir el histórico déficit de en torno al 50 % —fruto de decisiones y transformaciones políticas, por supuesto— y actualmente se encuentra sobrepasando el 80 %. Marruecos, por su parte, posee una tasa de cobertura del 60 %.
Quédense con estos datos, porque las comparaciones muchas veces son odiosas pero puede que sea todavía más odiosa la realidad que reflejan, las vergüenzas que sacan a la luz.
Habrá quien diga “vale, pero no puedes comparar Canarias con las potencias económicas de la Unión Europea, que están densamente pobladas y tienen una ventaja competitiva histórica” y también dirán “tampoco nos puedes comparar con nuestros vecinos geográficos, que son territorios continentales, con mucha capacidad exportadora aunque con bajo valor añadido”, “son comparaciones tramposas y fuera de contexto”, etc. Aunque no estoy de acuerdo con esas afirmaciones, vamos a darlas por válidas y vayamos a comparar entonces nuestra tierra con territorios insulares e incluso con nuestros vecinos macaronésicos.
Puerto Rico, por ejemplo, que a pesar de ser un territorio insular y carecer de grandes reservas de materias primas, tiene una tasa de cobertura superior al 110 %, basada principalmente en la producción y exportación de productos farmacéuticos, equipamiento médico y biotecnología.
Nos acercamos todavía más a casa y hablamos de nuestras vecinas “regiones ultraperiféricas”, para que sea innegable que el contexto tanto geográfico como político es el mismo, al pertenecer administrativamente los tres archipiélagos a la Unión Europea.
Madeira posee una espectacular tasa comercial cercana al 160 %, basada en sus zonas francas, en productos agroalimentarios, pesca y textiles de lujo. El turismo, siendo un factor importante en su economía, no llega al 30 % de su PIB.
Azores, por su parte, con menos peso financiero que Madeira, disfruta de una tasa de cobertura del 85 %, basada, principalmente, en el sector agroalimentario, compitiendo en calidad, y en las capturas e industria pesquera local de conservas. El turismo representa un 17 % de su PIB, de la riqueza que se genera en sus islas.
Con todo el contexto dibujado, lo más sintéticamente posible, abróchense el cinturón y agárrense a sus asientos que vienen los datos de nuestra tierra.
Con unas exportaciones de 290 millones de euros y unas importaciones de 1.500 millones, últimos datos oficiales disponibles de febrero de 2026, la tasa de cobertura de Canarias se sitúa en un aterrador 19 %. ¡Un diecinueve por ciento!. Es decir, que por cada euro que ganamos vendiendo algo, gastamos cinco comprando. Fantástico. Y para mejorar la cosa todavía más, el 76 % de todas nuestras importaciones viene de un mismo socio comercial, España. La verdad que somos campeones mundiales en poner todos los huevos en la misma cesta.
Con más de un 80 % de nuestro PIB basado en el sector servicios, un “espectacular” peso de nuestro sector primario del 1,6 % y un “potente” sector industrial aportando la fabulosa cifra del 5,6 % del PIB, estamos como nunca. O mejor dicho como siempre. Nada de fragilidad, nada de dependencia exterior, una economía bien diversificada y una balanza comercial robusta, que puede adaptarse fácilmente a cualquier cambio en un entorno internacional que destaca actualmente por su estabilidad. Ay señor.
Sé que leer todos estos datos juntos y la realidad que tienen detrás, duele. Duele mucho. Duele cuando vamos al supermercado, a la gasolinera o cuando miramos la cuenta del banco. Pero a parte de doler también dan ganas de fajarse para cambiar las cosas, ¿no?. Por lo menos para mí son un empujón de esperanza, ver lo que ocurre en otros lugares ayuda a entender con claridad que nuestro problema no es divino, no es natural, no cae del cielo, tiene que ver con cómo nos gobiernan, cómo nos dirigen y qué modelo económico llevan ya demasiado tiempo imponiéndonos. Con un PIB, con una riqueza generada de 58.000 millones de euros, ¿no creen que es momento perfecto de cambiar el rumbo?.
Estoy seguro que han oído hablar de la indefensión aprendida, un concepto psicológico que se suele recrear con el ejemplo de un elefante que lo encadenan a una estaca de madera cuando es chiquitito y por mucho que tire, no tiene fuerza para liberarse. Pero resulta que cuando crece y tiene fuerza de sobra para romper la cadena y arrancar la estaca, no lo hace, simplemente porque tiene interiorizado que no puede y “aprendió” a no intentarlo.
Los efectos que acompañan siempre a la indefensión aprendida son la baja autoestima, la desmotivación y la incapacidad para plantear cambios en el comportamiento propio o en el entorno. Esto que a priori aplica a individuos también encaja perfectamente con colectividades o pueblos. No en vano, es un rasgo característico de las sociedades que han sufrido colonización. Al igual que lo es negar dicha realidad colonial. ¿Les suena de algo?. Pues eso.
Todas y todos sabemos que desde las administraciones públicas se pueden hacer muchas cosas, por ejemplo, para atajar los precios de la vivienda, pero ya va siendo hora de que seamos conscientes de que los salarios y el coste de la vida también son factores en los que los poderes públicos pueden y deben intervenir. Y si las competencias actuales no son suficientes, luchemos por tener más. Soberanía no solo para decidir sobre un barco y una emergencia sanitaria, que también, sino para vivir mejor. La política, las leyes y los modelos productivos son creaciones de los pueblos y como tal, pueden ser cambiadas siempre que haya la voluntad colectiva suficiente.
En ello estamos, pero —todavía— no somos suficientes. ¿A qué más esperas?

