Los hermanos de mi abuela partieron a Cuba con una sola maleta. Siempre que pienso en ellos me pregunto qué se puede guardar en una maleta cuando uno sabe que deja atrás su casa, su familia y la tierra en la que ha vivido hasta entonces. Supongo que ropa y algunas pertenencias. Lo demás -los recuerdos, los afectos, los miedos y las esperanzas- tuvo que viajar dentro de ellos. Aquella fue la realidad de miles de familias canarias. Hubo una época en la que estas islas no podían ofrecer a todos las oportunidades que necesitaban y muchos tuvieron que buscar al otro lado del océano el futuro que aquí parecía inalcanzable. Se marchaban con poco equipaje y muchas esperanzas, dejando atrás a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos y a una tierra que seguía formando parte de ellos incluso cuando desaparecía en el horizonte. Hoy resulta difícil imaginar lo que aquello significaba. Vivimos en un tiempo en el que una llamada o un mensaje nos acerca en segundos a cualquier rincón del mundo. Ellos, sin embargo, aprendieron a medir la distancia en semanas de espera, en cartas que cruzaban el Atlántico y en noticias que llegaban cuando ya habían pasado muchas cosas. El océano no era solo agua entre dos continentes. Era una ausencia que se instalaba en la vida de quienes partían y también de quienes se quedaban. Y, sin embargo, Canarias viajaba con ellos. Viajaba en el acento que se resistía a desaparecer, en las recetas que seguían preparándose a miles de kilómetros de distancia, en las costumbres heredadas y en los recuerdos que se transmitían de padres a hijos para que nunca se perdiera el vínculo con la tierra que habían dejado atrás. Porque hay raíces que no entienden de fronteras ni de océanos. Quizá por eso siempre he pensado que la memoria tiene algo de puerto. Un lugar al que regresan quienes se fueron y donde permanecen quienes nunca volvieron. En mi familia, América nunca fue solo un lugar lejano. Hubo quienes se marcharon a Cuba y quienes buscaron una nueva vida en Venezuela. Sus historias formaron parte de los recuerdos de los mayores y terminaron formando parte también de mi manera de entender Canarias. Por eso, cuando pienso en Canarias, no pienso solo en un lugar. Pienso también en quienes un día tuvieron que marcharse. Pienso en aquella generación que llevó estas islas consigo cuando la necesidad le obligó a buscar un futuro lejos de ellas. Pienso en quienes regresaron después de muchos años y en quienes nunca pudieron hacerlo, pero siguieron sintiéndose parte de esta tierra hasta el último día de sus vidas. Porque la historia de Canarias también está escrita al otro lado del océano. Está en las calles de Caracas donde todavía resuenan apellidos canarios, en los hogares cubanos donde permanecieron costumbres heredadas de estas islas y en los descendientes de aquellos emigrantes que siguen sintiendo curiosidad, cariño y respeto por la tierra de sus abuelos. Al final, siempre regreso a ellos. En los que partieron, en los que regresaron y en los que nunca pudieron volver. Pienso en todo lo que dejaron atrás y en todo lo que conservaron. Ahora entiendo algo que de niña solo escuchaba repetir a los mayores: que uno puede cruzar el océano, cambiar de vida e incluso echar raíces lejos, pero Canarias siempre encuentra la manera de acompañarlo.
