El crecimiento de Vox ha dejado de ser un fenómeno estatal para convertirse en el factor que reordena la política tinerfeña. Las encuestas de comienzos de 2026 confirman la tendencia: en el conjunto de Canarias el PSOE encabeza la intención de voto, en torno al 26%, seguido de Coalición Canaria, cerca del 23%, con un PP estancado por debajo del 18% y un Vox que ya ronda el 11% y sigue al alza. La fotografía importa menos por sus cifras que por su dinámica: cada punto que gana la extrema derecha lo pierde, sobre todo, el centro-derecha.
Ese desgaste es el primer eje del nuevo escenario. El PP tinerfeño se debilita justo cuando más músculo necesitaría, atrapado entre un Vox que le disputa al votante conservador y una Coalición Canaria que le supera en implantación insular. Sin un PP fuerte, la vieja ecuación de una mayoría de derechas que sume a CC, al PP y, llegado el caso, a Vox se vuelve aritméticamente frágil y políticamente incómoda.
El segundo eje es la inconsistencia de la izquierda. El espacio llega fragmentado y enfrentado, y la figura de Alberto Rodríguez, de Drago, hace guiños hacia alianzas con el nuevo nacionalismo progresista y municipalista de Gran Canaria, en la forma de Primero Canarias. Sus desencuentros con las antiguas fuerzas de izquierda no solo han impedido alianzas: en La Laguna abrieron la puerta a que Coalición Canaria entrara en un gobierno presidido por el socialista Luis Yeray Gutiérrez. Lo que debía ser un bloque de izquierdas acabó siendo el primer laboratorio del entendimiento CC-PSOE.
Porque ahí está la consecuencia central: Vox por arriba y Drago por abajo empujan a Coalición Canaria y al PSOE el uno hacia el otro. Para los nacionalistas, pactar con una extrema derecha en ascenso resulta cada vez más caro en términos de imagen; para los socialistas, CC es un socio de gobierno más previsible que una izquierda dispersa. La Laguna ya no parece una excepción, sino el ensayo de un modelo exportable.
Y es un modelo que la geografía del voto hace casi natural. El PSOE lidera las encuestas en La Laguna y en Santa Cruz de Tenerife, mientras que Coalición Canaria cada vez es más potente en su Cabildo. Un pacto generalizable repartiría el poder de forma ordenada: alcaldías socialistas en las dos grandes ciudades y presidencia nacionalista en la institución insular. Cada uno gobernaría donde es más fuerte y apoyaría al otro donde no llega.
Esa misma lógica, sin embargo, complica el resto de combinaciones. Un acuerdo CC-PSOE de amplio espectro deja al PP sin función de bisagra, condena a Vox a la oposición y reduce a la mínima expresión el margen de la izquierda alternativa. El sistema se cierra sobre dos actores y desactiva a los demás, precisamente cuando más voces compiten por un hueco.
Solo dos escenarios romperían ese marco. El primero, que Coalición Canaria decida abrirse a Vox y asuma el coste de gobernar con la extrema derecha a cambio de presidir más instituciones; una apuesta arriesgada que tensaría a sus propios votantes moderados. El segundo, que la entente liderada por Nueva Canarias e Izquierda Unida logre un resultado inesperado capaz de devolver a la izquierda un peso negociador que hoy no tiene. Esas dos fuerzas ya han empezado a coordinarse, como mostró su encuentro sobre el modelo turístico en La Laguna.
Mientras ninguna de las dos cosas ocurra, todo apunta en la misma dirección. El miedo compartido a Vox y la fatiga ante una izquierda inestable convierten el pacto CC-PSOE en la opción más cómoda para ambos. Tenerife podría estar entrando en un ciclo en el que nacionalistas y socialistas se reparten el mapa mientras sus competidores discuten desde fuera.

