El oficio de escribir se me hace ya un tanto molesto. No por nada, sino porque con un país patas arriba, a uno de lo que le dan ganas es de echarse a dormir. Además, no es que ocurran en mi entorno episodios que inviten a la chanza, que es lo que realmente está deseando el personal: que cuente banalidades graciosas, en vez de historias que invitan a la desesperanza. Además, con la visita del papa, convenientemente dirigida por el obispo de Las Palmas, que es el que manda en el clero insular, la isla empieza a ponerse antipática y prácticamente va a cerrarse, en el caso de la nuestra durante seis horas. Es la primera vez que se mueve una Virgen (la de Candelaria) para que reciba a un papa, en vez de ser el papa quien visite a la Virgen en su santuario. Es decir, los pajaritos contra las escopetas. No entiendo tampoco cómo no se le muestra a Prevost el tapiz magnífico de La Orotava, único en el mundo, sino que la importancia se concentre en el terrible drama de los cayucos, que a mí me parece bien, pero lo otro también. Ojalá que la visita papal, que se agradece, no se convierta en la consolidación de las islas como una cárcel de inmigrantes sin trabajo, que reciben atenciones y subsidios de nuestros bolsillos, que también me parece enternecedor, pero que no debería ser costumbre. Que el papa, como bien dice en las redes Juan-Manuel García Ramos, no venga a bendecir nuestra condición de territorio carcelario, porque no deberíamos serlo. Y que el clero tinerfeño despierte y no se deje dominar por la prepotencia eclesial de la isla de enfrente; y ahora que me acusen de azuzar el pleito entre curas, porque a mí me importa un rábano lo que digan. Y así sucesivamente.
