La verdad en su expresión más absoluta no siempre anida en la información, ese bien tan preciado que siempre ha rozado lo utópico, especialmente, en esta generación, pero que en el fondo subyace desde que el ser humano tuvo conciencia de la importancia que tiene la palabra como vehículo de comunicación del pensamiento, pero también como arma arrojadiza y destructora. Las palabras que salen de nuestra boca pueden ser más devastadoras y mortíferas que la daga más afilada. Por la palabra se creó el mundo y por ella también puede ser destruido. De ahí que no siempre la información garantiza la verdad, en muchas ocasiones se convierte en un instrumento de devastación del buen nombre de las personas, que eventualmente, pudieran estar inmersas en una causa en su contra o estar bajo sospecha por la comisión de supuestos actos de dudosa legalidad independientemente de su estatus social, cuando la calle ejerce de tribunal público sin contraste ni veracidad aparente, donde el concepto sacro del Estado de Derecho como la presunción de inocencia queda en entredicho, y se priva de antemano a la Magistratura de ejercer su cometido de impartir justicia. A modo de reflexión entiendo que la inocencia reside en la más tierna infancia y se desvanece a medida que se va adentrando en la madurez, donde por regla general, salvo gloriosas excepciones, se descompone. Los actos y no las palabras son los que nos definen, y por ello siempre se responde, más tarde o más temprano. Vivimos en una época marcada por las nuevas tecnologías de la información y de la inteligencia artificial, nunca se había registrado como hasta ahora la inmensidad de oferta del conocimiento, pero al mismo tiempo aquejados de la incapacidad para absorber y digerir su vasto contenido, dando lugar a la aparición de un nuevo modelo de alfabetismo que deriva en exclusión de quienes por diversas circunstancias no pueden seguir su ritmo o ponerse al día. Unas herramientas que nos facilitan la vida, por un lado, y no las dificulta por otro, por ejemplo, en las relaciones interpersonales o con las instituciones y corporaciones. Curiosamente, cuando la sociedad está plagada de aparatos para intercomunicarse, resulta que hablamos menos cara a cara, las llamadas por teléfono se limitan al uso de la mensajería digital y redes sociales, convertidas en auténticos escaparates de la realidad cotidiana y en ocasiones en ventanas de la estupidez y de la vanidad. Circula tanta información en las redes sociales y medios de comunicación que resulta, muchas veces, distinguir entre lo verdadero y lo falso. “Bulerías”. Como corolario baste citar la reflexión del rey sabio Salomón, “es mejor un buen nombre que el buen aceite…”.
*Periodista en la reserva y escritor
