Se querían como hermanos, pero Don (Trump) cambiaría hoy a Bibi (Netanyahu) por cualquiera si con ello lograse neutralizar a Hezbolá en el Líbano y no salir chamuscado de la guerra en la que le metió su amigo, que ya “‘no tiene una puta brizna de sentido común”. Si los mandamases judíos de EE.UU. le dejasen, Don podría intentarlo incluso con Ahmed al-Charaa, que antes que presidente encorbatado en Damasco fue líder de un par de organizaciones terroristas y figura destacada del yihadismo en Siria.
El próximo domingo se cumplen cuatro meses del ataque de EE.UU. e Israel contra Irán y ahora estadounidenses e iraníes discuten a espaldas de Israel los términos de un acuerdo que pongan fin a la guerra, para lo que Irán impone como condición innegociable que Israel detenga la ocupación militar del Líbano, que es exactamente para lo que Netanyahu metió a EE.UU. en el conflicto, para que tuviese militarmente ocupado a Irán y no pudiese entorpecer su operación de arrebatar territorio a los países vecinos para construir el viejo sueño sionista del Gran Israel. Bibi se muerde los labios, aguanta con engaño en las posiciones conquistadas y mantiene la amenaza sobre Beirut. Más explícito es su ministro de seguridad nacional, Ben-Gvir, que no se anda por las ramas y declara abiertamente que el acuerdo no les obliga porque son un país independiente.
Ensoberbecido por la rapidez de la detención ilegal de Nicolás Maduro mientras dormía, pensaba Trump que arrasar Irán sería cosa de unos pocos días, que se haría con el control del petróleo de la zona y la gente saldría a la calle en Teherán para hacerle la ola por haberles liberado del ayatola Jameneí. Lejos de esa ensoñación de Antoñita la Fantástica, el presidente de EE.UU. y el acreditado responsable del genocidio de Gaza se encuentran en un complicado laberinto con muy mal pronóstico. Si Netanyahu hace caso a Trump y saca a sus militares del Líbano será flagelado por los suyos en Israel, perderá las elecciones en octubre y puede dar con sus huesos en chirona. Y si hace lo contrario, su amigo Don le cortará todo tipo de ayuda y protección y morirá políticamente de inanición.
Tampoco lo tiene fácil Trump. Se ha metido en una guerra en contra de todas sus promesas previas y ha ocasionado problemas a medio mundo y subidas de precio a los estadounidenses, lo que le ha acarreado una importante pérdida de popularidad en su país. Si pierde los comicios de mitad de mandato pondrá en riesgo su control del partido Republicano, que es el último amarre que tiene para no ser encausado por sus problemas políticos, personales y penales. Si firma un mal acuerdo con Irán le recordarán el mote que tanto le encocora, Taco (siglas en inglés de Trump siempre se acobarda) y si pretende recuperar el buen acuerdo de la Administración Obama de 2015 tendrá que cambiar de actitud, echar un pulso firme a los ayatolas y, probablemente, seguir la guerra,.. que nadie quiere en EE.UU.
La historia se repite. Trump no es el primer presidente de los EE.UU. al que un país aliado le mete en líos con Irán. En 1953 los servicios británicos convencieron a Washington de que el primer ministro iraní, Mohammad Mossadegh, era comunista. La CIA puso en marcha la Operación Ajax para echarlo del poder. Fue detenido y permaneció preso hasta su muerte. Mutatis mutandis, Netanyahu le ha excitado con la amenaza nuclear de Irán y otras patrañas para azuzarlo contra los ayatolas, mientras él se dedica a la creación del sueño sionista. En 1953 los británicos lo que querían era que le devolviesen la compañía petrolera Anglo-Iranian Oil Company que el gobierno iraní había nacionalizado.
La desventura de Don y Bibi no se han producido por casualidad o debido a algún desastre de la Naturaleza, es fruto de las malas decisiones de Bibi para huir de la cárcel y de Don por la frivolidad de haber seguido la batuta de Netanyahu. EE.UU. necesita recoser la relación con los países aliados del golfo Pérsico, que ahora dudan si no es preferible normalizar la relación con un vecino incómodo como Irán a ser diana de sus ataques cada vez que tiene un problema con EE.UU. Y el mundo anhela que Israel se ciña a la partitura de la creación del Estado en 1948, pero eso es harina de otro costal.

