Cuando tenemos visita es otra cosa. Cuando tenemos visita, ordenamos el desorden de la casa, limpiamos el polvo con más esmero, recogemos la ropa del sofá, compramos pasteles o vino o café, aunque todos sabemos que no eres cafetera, que el dulce te sienta mal y que el alcohol te da acidez. Pero da igual, porque te han enseñado que debes ser atenta con las visitas, que hay que pensar en el otro, empatizar, de eso se trata, de ser una buena anfitriona, no vaya a ir la gente por ahí diciendo lo contrario.
Así que, cuando tienes visita, miras lo cotidiano con otros ojos porque, de tanto vivir en la misma casa y en el mismo sitio, te has acostumbrado tan fácilmente al desorden que casi no te das cuenta de su existencia. No estoy insinuando que tu casa sea un caos permanente, con las camas sin hacer y la loza sin fregar, claro que no, pero a veces te dejas ir un poco y te embriaga la pereza. Menos mal que se trata de algo pasajero y que pronto recuperas la normalidad y te esmeras en que todo esté reluciente, sobre todo, lo principal, lo que se ve, que limpiar los trasteros cansa mucho y, total, para qué, si a nadie le interesan esos recovecos de la casa en los que solo hay cosas que sobran, por eso metes todo a trompicones, lo que no sirve y también lo viejo, y lo que se estropeó y nunca arreglaste, y esto que no sabes qué es pero que está bonito. Eres consciente de que algún día deberías ordenarlo y pasarle un paño porque está lleno de polvo, pero, ya lo harás mañana, y resulta que mañana te olvidas y cierras la puerta, no vaya a ser que se escape algún ratón de esos que viven entre las paredes en desuso. Así que, a otra cosa mariposa, para qué preocuparse, si la visita no pasa nunca del salón.
Sin embargo, a veces, la realidad sorprende y la visita trasciende lo esperado y altera el ritmo, no solo de la casa, sino también de la isla, así es ella de importante. Cuando esto ocurre no basta únicamente con limpiar por encima u ordenar un poco, sino que es necesario una limpieza a fondo: mover muebles, pulir cristales, desinfectar grifos, calles, aceras, plazas y un sinfín de tareas varias que conllevan tiempo y dinerito. A veces, al ponernos manos a la obra, aparecen grietas y rotos y moho, el deterioro invisible de los años y la vejez de aquello que lleva tiempo en el olvido. Entonces, hay que actuar rápido y hacer reformas, tirar lo viejo, sacudir alfombras, pintar la casa, llamar al fontanero y al albañil, para que todo quede bonito y lo viejo no se note y todo quede bonito y lo sucio no se note y la visita se lleve la mejor impresión del encuentro. Porque eso es lo que importa, que la visita se sienta cómoda, que la experiencia sea única, que disfrute del mejor paisaje, que se lleve el mejor recuerdo y la mejor sonrisa, para que siempre se acuerde de lo bien que le han tratado, de la gente tan generosa y tan alegre, tan feliz parece, que nada malo puede pasar en esta casa, mucho menos en esta isla afortunada. Así que te afanas en que todo esté impecable, sobre todo, cuando la visita es de alguien importante. Te pasas días limpiando y lustrando los muebles del salón, aunque alguno se resiste, porque el defecto viene de fábrica -es lo que tienen las rebajas-. Pero no importa, tú tienes soluciones para todo, así que le das la vuelta hasta pegarlo a la pared para que el defecto no se note y parezca nuevito y reluciente, porque lo importante no es que esté limpio sino, sobre todo, que lo parezca, ese es el truco. Además, tampoco hace falta que te esmeres demasiado, ni que fuera a venir el Papa a visitarte.
Cuando tenemos visita es otra cosa. La casa respira a menta y a eucalipto. Todo está impoluto. Todo brilla. De hecho, la casa no parece ni tu casa. Cuando sales a la calle, la isla no parece ni tu isla. El cielo es todo azul. Los coches circulan en silencio, o eso parece, porque, de pronto, un ruido llama tu atención. El sonido que oyes suena lejano, es un chillido pequeño, un quejido breve, pero insistente. Qué raro, porque tú cerraste la puerta del trastero, la cerraste bien, estás segura. Sin embargo, por un momento, te asaltan las dudas. Por eso te detienes a escuchar. Ay Dios, no vaya a ser que se haya escapado algún ratón de esos que habitan el desorden. Ay Dios. No puede ser, porque tú cerraste la puerta del trastero, estás segura, así que te pones los cascos y suena la música, que hoy toca disfrutar de este cielo azul, de esta isla limpia en la que todo brilla, en la que solo hay pulcritud y pureza.
Qué maravilla esta isla que no parece ni tu isla, así da gusto que venga la visita. Subes el volumen y todo suena feliz. Seguro que regresará pronto, porque esto le va a encantar, porque esto es el paraíso y porque las primeras impresiones siempre son eternas.
