Nos visita un papa agustino. Yo fui alumno del colegio San Agustín del Puerto de la Cruz. Fue una niñez inolvidable, dentro de un colegio fantástico del que guardo los mejores recuerdos. Eran sacerdotes ejemplares, cultos, que nos enseñaron sin turbulencias, sin fanatismos y con mucha tolerancia. No fue así en el colegio de los salesianos de La Orotava, donde los curas pegaban a los alumnos. Recuerdo que el fraile Adolfo, un animal de dos patas, me golpeó con el diccionario de latín en la cabeza. Y que el consejero, un tal Manuel Prol, me dio un cogotazo, a traición, en la capilla, porque se imaginó que yo desafinaba, adrede, en el coro. Era mentira, canto bien. Le devolví el golpe, pero de frente, le metí una hostia (yo tenía ya 15 años) y me expulsaron del colegio. Todavía está buscando las gafas. Mi padre fue a hablar con el director y me readmitieron, a cambio de pagar la humillación de pasarme de rodillas los recreos. Los niños, tan generosos, pasaban por mi lado y me propinaban pataditas, hasta que al cuarto o quinto recreo me llené de dignidad, me puse en pie y mandé a tomar por saco el castigo. No insistieron. Los agustinos, por el contrario, eran bondadosos, jamás (que yo sepa) pegaron a un niño y resultaron ser personas tolerantes, dialogantes y honestas. Nada hacían por la fuerza. Por eso simpatizo mucho con esa orden religiosa y guardo un recuerdo fantástico desde el ingreso del bachillerato al cuarto curso y reválida, que era el último que se podía seguir en el Colegio de San Agustín portuense. Todavía creo que se reúnen los antiguos alumnos de vez en cuando, para recordar tiempos seguramente mejores que estos. Con mis reiteradas ausencias, porque odio las concentraciones masivas. Pero me alegro de que este hombre que conduce la Iglesia, el pontífice Prevost, que nos visita esta semana, sea un agustino ilustrado. Será un gran papa, estoy seguro.

