El caso de Trump es un enigma. No está tan loco como parece, disfruta haciéndonos creer que es capaz de cualquier cosa. Ha alcanzado un acuerdo de paz con Irán el día de su 80 cumpleaños. Y se da la paradoja de que el enemigo deja de ser el problema; a quien ha de vigilar de cerca es a Netanyahu, que, según él, está “jodidamente loco”.
De este modo, el ’no a la guerra’ de Sánchez y el papa León XIV se ha impuesto con la lógica aplastante del sentido común. Esa guerra sí era una ‘locura’. No me extrañaría que Trump, un artista del contrasentido, haga las paces con España y con la Iglesia y vuelva a pedir el Nobel de la Paz.
Es cierto que, con este armisticio, pendiente de ratificación en dos meses, no consigue nada que no tuviera antes de disparar el primer misil, salvo cobrarse la vida del líder supremo, Ali Jamenei. No hubo un levantamiento popular contra los ayatolás, pero sí habrá un levantamiento de sanciones a Irán. En realidad, ha perdido EE.UU., pero los dos bandos cantarán victoria. Y, aunque a Trump la guerra le ha costado un ojo de la cara (29.000 millones de dólares en bombas y unos 300.000 millones en reconstrucción), podrá decir que sacó algo más que Obama en 2015 si consigue que los iraníes, además de suspender el programa nuclear, cumplan la promesa de entregarle el uranio enriquecido. Europa también se alegra, porque se vuelve a poner el foco en la única guerra de gran formato que queda: Ucrania. Y retorna la presión sobre Rusia para sellar la paz.
A Trump lo arrastró Israel a esta guerra suicida en Oriente Próximo. Pero, el viernes, en Suiza, en la firma del ‘Acuerdo de Islamabad’ -en honor del mediador, Pakistán-, estará ausente Israel, que se niega a cesar sus hostilidades en el Líbano, como exige el pacto. El quebradero de cabeza de Trump es, ahora, ‘Bibi’ Netanyahu, el “jodidamente loco”.
Los dos se examinan en las urnas. El yanqui, en noviembre, en las elecciones de medio mandato, y el israelí en las parlamentarias de octubre. Se prometían un cambio de régimen en Irán y son ellos ahora los que temen por su propio régimen. Trump necesitaba la paz, pero a Netanyahu solo le vale la guerra. Trump se juega perder las dos cámaras y sufrir un ‘impeachment’. Se comprometió en campaña a evitar guerras ‘eternas’ y sucumbió a la de Irán. Con ella y los papeles de Epstein, el movimiento MAGA se abrió en canal, y mentores mediáticos como Tucker Carlson lo abandonaron.
El domingo, el día que se convertía en octogenario delante de un octágono en el jardín de la Casa Blanca donde Topuria perdió el título con la cara desfigurada, explotó contra Netanyahu: “No tiene una puta brizna de juicio”, bramó, tras el bombardeo israelí de los suburbios de Beirut, justo una hora antes del acuerdo, con toda la mala leche. Trump dice que ‘Bibi’ le debe no estar entre rejas.
La pregunta es qué pensarán, ahora, los fans políticos españoles de Netanyahu y Trump, que les prestan apoyo incondicional cuando España condena sus actos de genocidio. El ‘trumpismo’ y el sionismo, juntos, lograron borrar todo rastro de humanismo entre líderes indiferentes al genocidio gazatí. Ahora que ambos se echan los trastos a la cabeza, la derecha y ultraderecha tienen un doble examen de conciencia. El genocidio y la inmigración tras la visita del papa.
Si se afianza la paz que Trump protege entre algodones (“¡No la echemos a perder!”, pide como si no fuera el mismo autor de un ignominioso tuit: “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”), Netanyahu estará perdido, y sus relaciones con EE.UU. entrarán en conflicto, algo inédito.
Trump no estará loco, pero sí es un presidente descarriado, que despilfarró el arsenal militar de su país y ha hecho de Irán una potencia que desconocíamos, capaz de estrangular la economía global cerrando el estrecho de Ormuz (clave en el tráfico de petróleo, gas y fertilizantes), que se reabre este viernes.
Este domingo 14 de junio fue, sin duda, un día muy feliz para un Trump contra las cuerdas, al que el regalo de la paz en su 80 cumpleaños lo devolvía al centro del ring en el césped de la Casa Blanca. Pero aquel 28 de febrero en que declaró la guerra a Irán con Israel no empezó nada bien: lo primero que hicieron fue arrasar con una escuela de primaria y matar a todas las niñas que estaban en clase. Esa ha podido ser la tumba política de ambos. Cien días después, han asesinado a 7.000 personas, y ellos mismos parecen dos cadáveres políticos.
Así empiezan los festejos del 250º aniversario de la independencia de EE.UU. (el semiquincentenario), del 4 de julio. Aquella declaración, en 1776, se regó con vino de malvasía de Tenerife por los padres fundadores de la patria. El primero en brindar fue, al parecer, Benjamín Franklin. Como Trump es abstemio, alzará la copa con Coca-Cola, que donde primero se embotelló en Europa fue en Tenerife, introducida por los indianos que regresaban de Cuba, la isla que ahora trata de no pagar los platos rotos de Irán.
