El Molino de Ana, ubicado en la Villa de Arriba (La Orotava), volvió a convertirse el pasado sábado 18 de julio, desde las 12:00 horas, en un espacio de encuentro para la cultura, la ciencia y la convivencia. Numerosas personas respondieron a la convocatoria para disfrutar de una jornada en la que patrimonio y memoria acogieron una propuesta de gran nivel. Ana Hernández, anfitriona del acto, dio la bienvenida a los asistentes y agradeció su presencia antes de ceder la palabra a Isidoro Sánchez, encargado de presentar al invitado de la jornada: el catedrático de Parasitología de la Universidad de La Laguna, Basilio Valladares Hernández. Su brillante trayectoria profesional, distinguida con reconocimientos como la Medalla de Oro y el Premio Canarias de Investigación e Innovación, sirvió de antesala a una conferencia que, bajo el título Globalización y Cambio Climático: nueva distribución de patologías, captó la atención del público desde el primer momento. Apoyándose en un amplio recorrido visual, Basilio Valladares condujo a los asistentes desde la realidad global hasta el escenario canario para explicar, con rigor y un lenguaje cercano, cómo el cambio climático ya está transformando nuestro entorno. La ciencia fue el hilo conductor de una intervención que mostró evidencias, desmontó falsas percepciones y puso el foco en las consecuencias para la salud y la biodiversidad. Más que una conferencia, fue una invitación a reflexionar sobre la necesidad de que el conocimiento ocupe un lugar central en la toma de decisiones. El interés despertado dio paso a un animado turno de preguntas, en el que ponente y asistentes compartieron impresiones y profundizaron en algunos de los aspectos abordados durante la exposición. La música tomó entonces el relevo. Alexis García y Fernando Guillén pusieron la banda sonora a una jornada marcada por la cercanía, mientras el público acompañaba con sus voces muchas de las interpretaciones en un ambiente distendido. El acto concluyó con los asistentes reunidos alrededor de la mesa para disfrutar de un almuerzo servido en el patio del molino, que incluyó una variedad de entrantes, plato principal y postres. Una vez más, el Molino de Ana confirmó su vocación de convertirse en un espacio donde ciencia, patrimonio, música, gastronomía y convivencia encuentran un mismo lugar para crecer y compartirse.
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