El otro día nos reunimos en casa para ver la final del Mundial. Comimos, bebimos, sufrimos, gritamos y celebramos un gol que nos hizo saltar del sofá. Al mirar alrededor me di cuenta de que la mayoría de los que estábamos allí también habíamos vivido juntos aquella otra noche, cuando España a ganó su primer Mundial.
Hubo otra coincidencia que me arrancó una sonrisa. En 2010 dos canarios, David Silva y Pedro Rodríguez, levantaban la Copa del Mundo. Ahora eran Pedri y Yeremy Pino quienes llevaban el nombre de nuestras islas hasta lo más alto. Cambian las generaciones, pero hay pequeños detalles que parecen empeñados en recordarnos de dónde venimos.
Mientras recogíamos la mesa me sorprendí mirando alrededor. Sin decir nada, volví por un instante a aquella noche. Pensé que ninguno de nosotros podía imaginar entonces todo lo que estaba por venir. No sabíamos quién faltaría, quién se incorporaría a la mesa, cómo crecerían nuestros hijos ni que, a pesar de todo lo vivido, seguiríamos encontrándonos para celebrar juntos los pequeños y los grandes momentos.
Brindamos por dos personas que ya no podían hacerlo con nosotros. Uno era de los nuestros. La otra, una amiga muy querida que también había compartido aquella celebración. Fue un brindis de esos que solo entienden quienes saben que el tiempo puede llevarse a las personas, pero nunca el lugar que ocupan en nuestra vida.
Mientras guardábamos los últimos platos comprendí que aquel Mundial nos había regalado algo más que una inmensa alegría deportiva. Nos había obligado, casi sin darnos cuenta, a detenernos un instante y mirar hacia atrás. A descubrir todo lo que puede cambiar una vida en ese tiempo y, al mismo tiempo, cuánto pueden permanecer las cosas verdaderamente importantes.
Todos hemos crecido. Han llegado personas nuevas, otras se han marchado demasiado pronto y, casi sin darnos cuenta, hemos seguido escribiendo una historia compartida. Quizá por eso seguimos reuniéndonos con la misma ilusión. No para volver atrás, sino porque hay amistades que, después de tantos años, ya resultan imposibles de separar de nuestra propia vida.
Mientras apagábamos las luces de casa pensé que entre un Mundial y otro habían pasado dieciséis años. Dicho así parece solo un número. Pero basta mirar alrededor de una mesa para descubrir que, en realidad, ahí dentro cabe una vida entera. Seguíamos celebrando la vida juntos. Eso sí que es un golazo.
