Es verdad que el calor tiene una curiosa capacidad igualadora. No es decisiva la región, la cultura o el nivel tecnológico. Tarde o temprano, siempre aparece la matraquilla universal. Miramos el cielo, nos secamos el sudor y botamos la pregunta universal unificadora. Esto es, “¿soy yo o este año hace más calor?”.
El calor, o la “calufa” según nuestro dialecto canario, figura entre los escasos fenómenos naturales capaces de convertir a comunes, o “paisanos” en el habla isleña, en filósofos o meteorólogos. Mark Twain escribió que “todo el mundo habla del tiempo, pero nadie hace nada al respecto”. En estas vísperas electorales, e instalados los candidatos en la formulación de imposibles, estén alerta. En cualquier momento, aparecerá el político que prometerá acabar con el calor. Y, puesto que a la peña le falta un agua, y nunca mejor empleada la expresión, tampoco faltará quien lo vote.
La ola afectó gravemente a muchos países europeos, especialmente a Francia, que despidió la alerta roja con un balance de más de mil muertos. En Alemania, se cancelaron gratuitamente los viajes de larga distancia para reducir la presión sobre una red ferroviaria afectada por la dilatación de las vías. No es cierto, sin embargo, que se hayan derretido semáforos en Italia y Alemania; trola sandunguera que se relaciona con la alteración del sistema nervioso y las fatigas mentales de algunos canchanchanes que gustan de alborotar las redes sociales.
Aquí, después de recientes sofocos, apenas tendremos tregua térmica, puesto que la Aemet, que tiene bastante mejor puntería que el CIS de Tezanos, prevé una nueva escalada de valores en los termómetros. El solajero del mediodía de mañana, según esas previsiones, podría ser brutal.
Las recomendaciones de las autoridades sanitarias para enfrentar la calufa son bien claras. En clave inocente, para hacer más llevadera la combustión, debemos hacernos a la idea de que somos helechos y necesitamos un riego interior constante. Hidratémonos. Evitemos salidas entre las 12 y las 18 horas: el solajero está en modo parrilla y nosotros seríamos algo así como su carne fiesta. En el hogar, salvo sorpresa, no hay riesgo de antropofagia. Usemos ropa ligera: con vaqueros, en el mes de julio y en la calle, nos sentiríamos saunas portátiles. No nos las echemos de baños turcos. Busquemos la sombrita y aparquémonos en ese espacio. No olvidemos, en ese metafórico cubito de hielo, saludar a nuestros hermanos pingüinos. Hagamos social, y cordial, la lucha por la supervivencia. Duchémonos con agua fresca, lo cual no supone el despido definitivo del calor, pero nos refrescará la mala leche y nos proporcionará dos gloriosos minutos de optimismo. Evita las quejas: en tres meses, cuando retorne el frío, expresarás tu predilección por el verano y todos pensarán que estás como una cabra berrenda. Y, por tanto, no pierdas el sentido del humor: es verdad que en el asfalto te sentirás como un cochino negro derrapando en una fondue, pero es más fácil bacilar que instalar el aire acondicionado. Este último, además, da todas sus indicaciones en inglés, y, si confundes “cool” con “heat” en plena asfixia, puedes convertirte en un churrasco.
En otro comentario, y Dios me perdone la coquetería, yo expliqué que prefería el frío, pero el calor tampoco es el infierno, donde, según algunas religiones, son torturadas eternamente las almas pecadoras. El infierno es eterno y la ola de calor es provisoria. En la noche, y salvo tránsito por la cantina, los grados bajan. Entonces, la humanidad recupera lentamente la esperanza. Hasta que la Aemet nos avisa del retorno de la ola, y, entonces, con una mezcla de sarcasmo y resignación, pensaremos que el infierno no se va sino que viene de vacaciones a la Tierra.
Y, por cierto, ayer vi a un amigo negacionista, locoplaya total, pasearse impunemente con un terno de pana. Fue a las dos de la tarde en la playa de El Médano. ¡Ay, Rosendo!
