Antes de que surgieran las actuales chuletas electrónicas, pinganillos y métodos varios para copiar en los exámenes de enseñanza secundaria e incluso superior, nosotros -entre los años 70 y 80- usábamos las chuletas artesanales. Estas eran, al margen de otros artilugios más sofisticados en proporción al nivel de pillaje, granujería y sagacidad de cada cual, papelitos doblados con fórmulas, fechas o definiciones escondidos en las mangas de nuestras camisas; apuntes en reglas, estuches o etiquetas de material escolar; escritura en las manos o los antebrazos que se consultaban con discreción; notas ocultas entre las páginas del cuaderno o del libro; y/o mensajes intercambiados entre compañeros durante el examen.
Debo aclarar que jamás me copié, no porque no me apeteciera ni lo necesitara, sino porque era un muchacho muy apocado, y, sobre todo, muy propenso al rubor. Sin incurrir en tipo alguno de pillaje, cuando el profesor o la profesora me hacían hablar en público, y miren por dónde, me ponía encarnado como un tomate cagón. Por tanto, era consciente del pánico que habría enfrentado si hubiera osado guardar papelitos enroscados en las mangas de mis camisas. Fui, no los engaño, un adolescente muy abaifado. En aquellos años, además, copiarse equivalía, no sólo a suspender el examen, también a recibir -por el mismo precio- dos cueradas: una del profesor, y otra, con cholas o pescozones, en casa.
En mis años mozos, además, estaba plenamente vigente la máxima de que “la letra con la sangre entra”; un refrán que explica la severidad del método educativo de otro tiempo que dio título a la célebre pintura de Francisco de Goya en el que se ve a un maestro azotando las nalgas de un alumno. Hoy, el autor de La maga desnuda, podría pintar también, lamentablemente, a un alumno metiendo puñetes sin tino a un profesor.
Creo que la peña siempre gustó, y gusta, de la carajera, y, de hecho, el término “violencia” procede del sustantivo latino violentia, que deriva del adjetivo violens, -entis, que significaba “impetuoso”, “furioso” o “fosforito”. La violencia generada por los seres humanos ha sido estudiada desde muy antiguo. Hay dos teorías modernas de sesgo evolucionista, la hipótesis del cazador, mayoritaria, y otra -en la que abundaré en otro comentario- la del mono asesino, de Raymond Dart y Robert Ardrey. Es por ello, sin duda, que yo siempre fui un gran defensor de la Lucha Canaria, que, a diferencia de escenarios varios de las trompadas descritas en el Código de Justiniano, ha sido históricamente una cuna de arte y maña.
Las chuletas artesanales, en fin, han sido sustituidas -siguiendo los cánones de la sociedad de la información y las nuevas tecnologías- por las muletas digitales. Para copiarse y no empollar, los alumnos de hoy usan varios métodos, de los que rescato dos por adulterados o alambicados. Por un lado, los Pinganillos Nano (o de imán), imanes minúsculos (de apenas 2 mm) que se introducen en el canal auditivo hasta quedar casi pegados al tímpano y que funcionan mediante inducción electromagnética gracias a un collar que se esconde bajo la ropa conectado a un móvil. Y por el otro, las cámaras ocultas en objetos; es decir, lentes diminutas camufladas en bolígrafos, botones o gafas que retransmiten en tiempo real las preguntas del examen a un cómplice exterior, quien devuelve las respuestas por el pinganillo. Así son las cosas y así se las “contemos”.
Si ya nos parecen ingeniosos estos métodos, más sorpresa causa saber, hasta cierto punto en la era de los cibermercaderes, que estos artilugios, trampas absolutamente deshonrosas, son comercializados en la red. Y, si no, entren ustedes en pinganillos.com, y comprobarán que la chuleta Lar 21, que se anuncia como un “auricular indetectable”, se vende al “módico” precio de 840 euros.
