por quÉ no me callo

Memoria de 250 años de Canarias en América

El canario, hace siglos, era un personaje de mucho cuidado, como solía decir Pérez Minik. Iba dejando su rastro por donde pasaba, como en América, de norte a sur, donde se sentía como en casa. Lo vi con mis propios ojos en ese continente de reencuentros, donde están los fósiles de nuestro legado sociocultural.

El 250º aniversario de la independencia de EE.UU. no ha tenido la resonancia emocional y política que merecía, por la vanidad incurable de un presidente que ansía tener un busto de granito en las Colinas Negras de Dakota del Sur en el monte de Rushmore. Babiecadas como esa han empañado una efeméride convertida en una fiesta de ego con su cara en todas partes, desde el merchandising a las pantallas gigantes, como si fuera su propio cumpleaños, y no tuviera 80, sino 250, con infinito autobombo.

Trump es un presidente de paso, que deja un reguero de malos recuerdos, como la guerra de Irán. Que no ha contribuido con ningún destello a la historia de su país, sino le definen las persecuciones raciales, los tiroteos en Minneapolis y la foto de un niño ecuatoriano detenido por el ICE con una mochila de Spider-Man y un gorrito con orejas de conejo. Esa imagen deplorable de la primera potencia del mundo cayendo tan bajo, cayendo a pedazos.

Por otra parte, es el presidente menos hispanófilo que hemos conocido, antes de los desencuentros con La Moncloa. Es un descendiente de emigrantes alemanes que odia a la inmigración y alienta el racismo contra latinos y españoles (canarios, incluidos). Nada más llegar al Despacho Oval, ordenó suprimir la versión en español de la web oficial de la Casa Blanca. Y después se enfureció con Sánchez por el no a la guerra, a las bases y al sobregasto militar de la OTAN.

Con todo, reconoció el empleo y el PIB de España, que EE.UU. envidia, pero no ha podido con su condición, y de su boca no ha salido un solo guiño a la contribución española y canaria a la fundación de ese gran país. Solo una mención despectiva a la derrota de España ante EE.UU. en 1898, con la pérdida de Cuba y Puerto Rico. Y ni una cita a Bernardo de Gálvez, que se crio en Tenerife, el gobernador de Luisiana que fue clave en la independencia y cuyo retrato cuelga en el Capitolio.

Pero los canarios tenemos buena memoria y conocemos nuestra vitola en el origen de San Antonio de Texas y Nueva Orleans, dos ejemplos de libro que hablan de gestas y auténticas proezas. Allí me encontré, sin dificultad, con canarios de novena y décima generación, que conservaban nuestro acento y costumbres. No le vamos a pedir a Trump que, en su discurso macartista del 4 de julio contra la plaga comunista, trajera a colación a los colonos isleños que en el siglo XVIII alumbraran el agua con las acequias tradicionales de Canarias en los áridos barrancos de San Fernando de Béxar, donde hoy se levanta la segunda metrópoli más poblada del estado de Texas y la séptima de EE.UU. Un orgullo de tener aquellos antepasados. Pero Trump no ha leído la historia de su país y le sonaría a chino.

El malvasía canario era famoso en las trece colonias británicas que se independizaron en aquella guerra, donde ese vino que perfumaba la sangre, como decía Shakespeare, gozaba de las preferencias de algunos de los padres fundadores de EE.UU., como George Washington y Thomas Jefferson. En esos días a sangre y fuego, el dulce malvasía de los Cólogan al parecer calmó la sed de las huestes de Washington en batallas decisivas contra los ingleses.

Qué duda cabe que mitos y leyendas se mezclan con la historia, si bien hay abundante documentación que avala el vínculo comercial de nuestros vinos con el puerto de Boston desde el siglo XVI, en competencia con los de Madeira. ¿Pero a quién le amarga un dulce y no le agrada escuchar a unos yanquis ilustrados decir que el día de la firma de la Declaración de Independencia de los EE.UU., el 4 de julio de 1776, hace 250 años, se brindó con el malvasía canario? Por más que tengamos que disputarnos esa gloria con los caldos de Madeira.

Tímidos incorregibles, evitamos sacar pecho de aquellos paisanos irreductibles que cruzaron el Atlántico y se fundieron en un abrazo con América, dando luz a una epopeya que parece salida de una mitología clásica producto de la imaginación. Pero en América, donde están las pruebas fehacientes, permanece indeleble la huella de unos canarios intrépidos que viajaron, a la par que toneladas de mercancías, en virtud de un tributo en sangre, hacia el germen de América.

Por más que historiadores, como el recordado Julio Hernández, nos informaran de aquel pueblo poblador de pueblos, en la incesante atlanticidad de su época, y que un tipo como Trump, que miente más que habla, venga ahora a enterrar los recuerdos imborrables bajo sus pies de paquidermo.

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