súperconfidencial

No llores por mí, Argentina

La primera vez que viajé a Argentina comprobé algo que me llamó poderosamente la atención: casi todo el mundo acudía al sicólogo, al que me parece que allí llaman terapeuta. Al margen de que a Paredes el violento deberían mandarlo a una de esas consultas, para aplacarlo un poco, lo mismo que a Nahuel Molina, que está acogido en España y juega en el Atlético de Madrid, la FIFA tendría que tomar medidas contra la violencia en el fútbol. Uruguay y Argentina, países a los que une y separa el Río de la Plata, deberían moderarse, jugar al fútbol y aparcar la violencia física. España pagó los platos rotos, aunque los jugadores españoles de la Selección son tan buenos que, excepto Jeremy Pino, que tuvo mala suerte en el partido que se lesionó, no resultaron dañados por las tarascadas de los futbolistas uruguayos y argentinos. A mí, los argentinos, con excepciones, cuando hablan, me vuelven loco. Son lentos en la dicción y utilizan reiteraciones, es decir, repiten innecesariamente, gastan tiempo y saliva en palabrería inútil. Y a Messi no se le entiende lo que dice. Pero Argentina es un país maravilloso, que se vuelve loco con el fútbol y que muchas veces ha encontrado refugio en este deporte, sorteando así sus inveteradas tormentas políticas. Cuando Franco, en la oprobiosa, en España pasaba igual. Nosotros lo superamos y hemos llegado a un punto en que nos rendimos al fútbol virtuoso, al que no propina coces ni entra en el juego de los violentos. Pero lo ocurrido el otro día en NJ, en el último partido del Mundial, no tiene nombre. Paredes debería ser suspendido a perpetuidad, Molina y el viejo Otamendi tendrían que ser severamente castigados y todos ellos obligados por la FIFA a seguir un curso de educación, antes de que empiecen las competiciones domésticas. No llores por mí, Argentina. Ah, y si Messi no corre, que no juegue.

TE PUEDE INTERESAR