después de la cumbre de la OTAN que terminó ayer en Ankara (Turquía) hay que ser muy Rutter para confiar en el futuro de una alianza militar denostada por el “accionista mayoritario”, EE.UU., que la considera un tigre de papel. Las diplomáticas intervenciones de los líderes europeos y el estribillo de “una Europa más fuerte en una OTAN más fuerte” no ocultan que la reunión no ha servido para superar la desconfianza. Trump ha repetido que le han decepcionado los países europeos que no secundaron su agresión a Irán, que ayer ordenó reanudar, y no es menor la decepción de los países de la OTAN que asisten asombrados al espectáculo de un presidente de EE.UU., aliado y a la vez enemigo que chantajea a los socios con apoderarse de Groenlandia y embiste de manera ritual a España porque Sánchez no dice amén a sus caprichos.
La declaración de la cumbre, que incluye la ratificación del compromiso de ayuda mutua, es un brindis al sol que no oculta el verdadero interés de Trump, que es reducir significativamente la contribución de EE.UU. a la seguridad de Europa y que los países de la UE compren a la poderosa industria militar estadounidense el material necesario para organizar su propia defensa. Un chollo. Desde hace décadas, el reparto de cargas en la Alianza ha sido una reclamación recurrente de los estadounidenses en todas las reuniones de la OTAN, pero ahí quedaba la cosa porque saben que en el balance hay que considerar otras partidas, como la astronómica cifra de ventas de armamento de EE.UU. a los países de la UE, la utilización del espacio europeo para despliegue y maniobra de su fuerza por tierra, mar y aire como escaparate disuasorio para terceros (pongamos que Rusia y China) y un potente mercado de 500 millones de personas en el que los estadounidenses se mueven como Pedro por su casa.
La reunión se cerró con una patada a seguir reiterando, como estaba previsto, la ayuda Ucrania, el compromiso de incrementar el gasto militar de Canadá y Europa, que es lo que le interesa a Trump, y una sensación de provisionalidad, de tente mientras cobro, de una organización, la OTAN (diagnosticada de muerte cerebral por Macron en 2019), que no acaba de morir y una estructura europea de seguridad que no termina de nacer, por perentorio que sea que Europa se independice de los EE.UU.. No es necesario redactar ahora un nuevo tratado, como Maastricht o Lisboa (a eso ya se llegará) sino empezar con la coordinación de esfuerzos entre los países y las industrias nacionales para evitar duplicidades.
Para suplir la fuerza que quiere retirar EE.UU., Europa necesita un paraguas nuclear propio (puede ser el francés ampliado) y dotarse de sistemas que, en la medida de lo posible, debe adquirir en la industria europea. Nada, según los expertos, que no pueda asumir Europa en términos financieros y tecnológicos, aunque necesita tiempo para hacer, prácticamente de manera simultánea, la adaptación presupuestaria, la restructuración de la industria y la planificación. Europa tiene recursos suficientes, humanos y materiales, para construir su propio sistema de seguridad. El gasto militar sumado de los países de la UE es de alrededor de 350.000 millones de euros al año, una cifra similar al gasto de China y muy superior al de Rusia. No es, pues, un problema de falta de recursos, sino de decisión política. Ceder soberanía para realizar un esfuerzo militar coordinado y conjunto europeo es un objetivo ambicioso y muy complicado porque toca la fibra última de la identidad nacional de los estados, pero nadie ha dicho que fuese fácil.
La UE es líder global de lo que se conoce como poder blando, es decir capacidad de influencia y liderazgo sin necesidad del empleo de la fuerza, que es exactamente lo contrario de como entienden el mundo personajes como Trump, Putin y Netanyahu. No corren buenos tiempos para la paz basada en la contención y el respeto y por eso, además de la “auctoritas” romana (poder moral y prestigio) la UE necesita capacidad militar creíble, como elemento de disuasión, una doctrina clara y decisión para el empleo de la fuerza de acuerdo con la potestas o legalidad reconocida en el derecho internacional.
La seguridad europea autónoma, sin EEUU, fortalecerá la cohesión interna de la UE y nos librará de las monsergas, tarascadas e insultos de Trump. Y eso, la verdad, no se paga con dinero.

