Hoy hace tres años que votamos en las últimas elecciones generales y 49 de la apertura de la Legislatura Constituyente en 1977. Dos efemérides que evocan sensaciones fuertemente contradictorias. Recién salidos de la dictadura franquista, en la España de 1977 estaba todo por hacer (inflación del 20%, déficit exterior insostenible, conflictos laborales y desaceleración económica), pero, afortunadamente, los diputados recién elegidos supieron dialogar para buscar juntos solución a los problemas, verbigracia Los Pactos de la Moncloa, y voluntad política para hacer un país y una Constitución para todos. Ahora, por el contrario, tenemos una situación infinitamente mejor que la de entonces, y, desgraciadamente, unos políticos que han sustituido el dialogo por el insulto. Si hoy se sometiese a votación, la gente los cambiaría por los futbolistas campeones del mundo, que han demostrado que juntos somos más fuertes.
Como en todas las generalizaciones, hay que hacer la salvedad, obvia, de que no todos los políticos son tóxicos, pero estos opacan el buen hacer del conjunto. Les perdonaría con gusto lo que queda de legislatura. No vuelvan, señorías, nos basta con la que ya han liado. Pero si Pedro Sánchez no convoca elecciones anticipadas antes de que termine agosto, el primero de septiembre los diputados regresarán al escaño y a los malos modos, una manera de comportarse que ha contagiado a la gente de a pie y generado un espeso clima de enfrentamiento civil. Durante un tiempo parecía que los españoles estábamos vacunados de espanto y que nos habíamos acomodado a vivir en una doble realidad: la de verdad, la vida cotidiana de un país que marcha razonablemente bien; y la de ficción, la del mundo apocalíptico que anuncian los políticos para asustarnos con lo malos que son los demás. Pero basta escuchar las arengas progresivamente alarmistas de Núñez Feijóo, para el que todo está fatal, y las réplicas del ministro de Transportes, para advertir el crescendo del deterioro de la convivencia y cómo ha calado el odio -sí, odio- entre los políticos en el conjunto de la sociedad. Se faltan al respeto y se amenazan diputados y senadores e, impunemente, se insulta al presidente del Gobierno en el Parlamento y en la calle, donde se ha “normalizado” como un divertimento en las bodas y otros actos sociales.
El ambiente crispado se va extendiendo como una mancha de aceite. Está revuelto el mundo de las togas, hay fuego cruzado entre bandos de jueces y fiscales y de estos con políticos y representantes de los otros poderes del Estado, y periodistas correveidiles de trinchera y asimilados que atizan el fuego por encargo de unos y de otros. “Vivimos revolcaos en un merengue” (Santos Discépolo, Cambalache) en el que hay jueces que si no hacen política lo parece, políticos que adelantan las decisiones que van a adoptar los tribunales y un Ejecutivo sin apoyo parlamentario que gobierna sin presupuestos a base de decretos.
Todo esto resume una legislatura que desde el primer día ha sido como el juego de la soga, la mitad de los diputados tirando de la cuerda en una dirección y la otra mitad en la dirección contraria. El Gobierno y sus socios han hecho de impedir que gobierne la derecha su bandera y máxima aspiración, y al PP y Vox parece que solo les interesa y une el objetivo de derribar al sanchismo, con el ariete de la denuncia de la corrupción. “Apártate de ahí que me tiznas”, le dijo la sartén al cazo.
En este clima han “hecho carrera” en el Congreso (y en el Senado también) personas cuyo mayor mérito es exhibir peor educación que los demás, que han sustituido el debate político por la descalificación personal, que se insultan, retan y amenazan. Son políticos tóxicos que envenenan la convivencia y de los que podríamos librarnos si tuviésemos listas abiertas, pero la legislación electoral establece un sistema de papeletas bloqueadas, inamovibles, que es lo que quieren los partidos, en detrimento de la libertad de los votantes.
El resultado de julio de 2023 cronificó el enfrentamiento y reavivó la batalla sin cuartel entre dos bloques, que hacen exactamente lo contrario de lo que hicieron los diputados constituyentes. Tenemos un grave problema político que solo se puede y debe resolver desde la política. Si Sánchez y Feijóo son incapaces de recuperar el dialogo para pacificar la convivencia de los españoles, deben marcharse los dos y dejar que otros lo hagan.
