A mediados del pasado mes de junio la compañía aeroespacial estadounidense SpaceX hizo historia en los mercados financieros con su espectacular debut en Wall Street por su capitalización bursátil alcanzada en las primeras sesiones subsiguientes, batiendo todas las expectativas de los inversores institucionales y particulares El precio de salida de la oferta pública situado en los 135 dólares por acción se vio superado en un 18% en los primeros compases de la sesión de apertura de su estreno bursátil, es decir, hasta cambiarse por algo más de 160 dólares y llegar a alcanzar posteriormente un máximo de 225,64 dólares y una capitalización de 2,3 billones de dólares, casi el equivalente al Producto Interior Bruto (PIB) de España al cierre de 2025 en torno a los 2,09 billones de euros (datos del Instituto Nacional de Estadística). Una operación financiera que convierte a Elon Musk, también propietario de X (antigua Twitter) y Tesla en el hombre más rico e influyente del mundo y, no en vano, ha llegado a tocar poder de la mano del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desavenencias aparte. Si bien el estreno en el parqué de la compañía tecnológica de exploración espacial registró una demanda extraordinaria de acciones debido al apetito inversor en su primera jornada, las ratios fundamentales no se corresponden con el episodio que describo, lo que me induce a pensar que ha mediado un trasfondo especulativo de los agentes institucionales. El análisis fundamental de la empresa evidencia un beneficio negativo por acción de 2,94% y un rendimiento de capital de -47,5%. Pero no todo es negativo dado que apunta hacia una previsión de crecimiento del 90,34%. Como aspecto significativo cabe señalar que SpaceX ha caído en bolsa durante la última semana un 17%, cotizando después del pasado viernes 26 de junio a 152,75 dólares. Quienes acudieron a la oferta pública acciones u oferta inicial y vendieron poco después de alcanzar máximos ganaron mucho dinero, pero quienes hayan acudido posteriormente persiguiendo el precio acabaron atrapados, salvo que su operativa se haya realizado a largo plazo, que tampoco garantiza nada. El mundo financiero parece vivir una auténtica fiebre del oro como la vivida en el Lejano Oeste de Estados Unidos a mediados del siglo XIX, pero traducida en la avidez por el flamante mundo de la tecnología, los chips y la Inteligencia Artificial (IA) con sus potenciales usos económicos, sociales y militares. La carrera espacial se asemeja, guardando las distancias, al nacimiento y pujanza de las empresas ferroviarias o del ferrocarril en Estados Unidos en el siglo XIX, que dieron vida a Wall Street y a uno de los índices primigenios como el Dow Jones. Todavía es pronto predecir si se está cerca de una nueva burbuja o crisis, pero lo cierto es que las empresas tecnológicas y el resto del mercado están en zona de sobrecompra, en riesgo de experimentar una severa corrección similar a las registradas a comienzos del presente siglo (2000, 2008 y 2020). No perdamos de vista las crisis de los tulipanes de los Países Bajos del Siglo XVII y la de 1929 y la Gran Depresión. Aviso a navegantes. El precio, que lo descuenta todo, tiene memoria y la historia se repite.
*Periodista en la reserva y escritor

