por qué no me callo

Una final hispánica y el último mito viviente

El Mundial podría tener un desenlace memorable entre España y Argentina. En este país, trifulcas matricatalanas al margen, la figura de Messi no nos es indiferente y el eco de la escuadra de Vicente del Bosque en Sudáfrica 2010 nos evoca la gloria de una Copa que es la cornucopia de todas las glorias sobre el césped.

Si, como espero, esta noche, Lamine Yamal se impone a Mbappé, la España del estoico De la Fuente a la Francia de Deschamps, y, mañana, Argentina se deshace de Inglaterra -un duelo histórico-, el campeonato del mundo viviría una final entre dos orillas, Europa y América, muy americanista, como la propia sede.

La última copa de Messi y la primera de Lamine Yamal, el brindis de dos generaciones, donde hay sudamericanos, peninsulares, canarios y africanos fundidos en un mestizaje consensuado que lleva la contraria al racismo y la batalla cultural, que hasta Rajoy acaba de desempolvar con el escándalo de su ofensa a la selección francesa (“es de altísimo nivel, pero juega sin franceses”, escribió). Esta semana puede dejarnos algunas lecciones en el rectángulo mágico donde las guerras son metafóricas.

Es cierto que las de Argentina con Inglaterra beben en la fuente de una guerra real en Las Malvinas que enfrentó al dictador Galtieri con Margaret Thatcher (una especie de argumento inverso al de La guerra del fútbol, de Ryszard Kapuscinski), pero, hace cuarenta años, cuando en cuartos de final en México fue lo de la mano de Dios y el gol del siglo de Maradona, que derrotó a Inglaterra, lo que resultó fue la canonización del Pelusa, imágenes que están grabadas en el disco duro de Messi, la Pulga.

Mañana se abre ese baúl y se liberan todos los recuerdos con la presencia del actual tótem argentino. Entonces, Maradona tuvo un Víctor Hugo Morales que narró su gol galáctico (desbordó a seis rivales), como Zarra tuvo a Matías Prats, que inmortalizó el suyo a la pérfida Albión. A Messi le falta el gol inglés -nunca antes se midieron- y quien le recite una oda como la del “¡barrilete cósmico!, ¿de qué planeta viniste?”.

Nuestra suerte como canarios fue haber tenido en el Mundial de 2010 a dos paisanos en la selección española, Silva y Pedro. Aún no hemos visto al mejor Pedri, un aliciente para esta noche. Tampoco al mejor Yamal. Pero España es la gran favorita. No ha llegado a semifinales, después de dieciséis años, por casualidad. Y hoy se mide a una potencia con credenciales de aspirante al título. El fuerte de España -sin duda, herencia de una cultura futbolística de país que proviene de la gesta europea con Aragonés y mundialista con Del Bosque- es saberse llamada a estar en lo más alto, y tras la Copa de Europa de 2024, una lógica inherente parece llevarla hacia la Copa del Mundo de 2026. Francia no transita la misma senda.

De Pedro a Pedri, esta es una cita del fútbol canario en el olimpo de un Mundial. En esos dos paisanos siempre reconocemos la estela de leyendas de esta tierra, que ha vivido episodios inconmensurables. El otro día, Jorge Valdano -que tanto tiene que ver con una de esas etapas sobrenaturales de nuestro imaginario local- defendía, en su columna de El País, la idea de un fútbol indomesticable, de héroes insubordinados, de la libertad de los genios y “la salvaje emoción que plantea cada partido”. Porque este es un juego primitivo, propio del homo ludens (el hombre que juega), como lo entendía el historiador Johan Huizinga.

Impacta la longevidad de Lionel Andrés Messi Cuccittini, con 39 años, liderando a Argentina y batiendo récords en la cima del fútbol, si repasamos a algunos de sus excompañeros ya retirados, como Piqué (39) o Busquets (37, a la misma edad que Maradona). Este superviviente incombustible debutó en el Mundial con un hat- trick, y es uno de los máximos goleadores y asistentes. Y mañana se enfrenta a Harry Kane (32) y Bellingham (23).

Se acercan las horas de la verdad. Los cuatro equipos semifinalistas conforman la aristocracia de los galones y no han dejado colarse a ningún país revelación. España, Argentina, Francia o Inglaterra tienen argumentos para hacerse con el trono del fútbol en un nuevo cuarto de siglo que promete grandes trasformaciones. El fútbol que viene será otro bajo el imperio de la inteligencia artificial, que no dejará escapar ninguna actividad humana a su control. Podemos disentir del VAR por imponer su ley sobre las travesuras humanas de este deporte. Pero la IA convertirá al VAR en una broma.

Si España gana a Francia esta noche y mañana Argentina vence a Inglaterra, tendremos una final hispánica. Messi se enfrentaría a una selección que rezuma sus propias raíces blaugranas, y que anhela proclamarse campeona ante el último mito viviente de esta época, que dice adiós.

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